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La aguerrida periodista se despide en el diario EL PAÍS .

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La balada de Billie Holiday

Campanas en Belfast

El camino iniciado por el Papa de reconciliación con el protestantismo es un modelo a seguir

(Tribuna. El País. 29 de noviembre de 2016)

El papa Francisco, llamado en la intimidad Jorge Mario Bergoglio, está empeñado en hacer auténticas reformas en el funcionamiento de la Iglesia católica. Lo que está por ver aún es que la sociedad a la que se dirige responda a sus grandes apuestas.

Primero ha sido la condena seria, no solo cosmética, de una práctica enormemente extendida dentro de los muros de las iglesias: la pederastia, el abuso contra los menores, que fue una de las cosas más condenadas por Cristo. Y, si no, recuerden su más bárbaro anuncio de la piedra de molino atada al cuello de los que escandalizaren a un niño. La espléndida película Spotlight da cuenta de la eficacia con la que se ha encubierto durante años esa práctica nefasta.

Un crimen que solo se podía producir en la Iglesia católica, que incluye entre los poderes de su jerarquía el de perdonar las “flaquezas” terrenales, cuando se trata muchas veces de crímenes.

Lutero condenó esta práctica del perdón abusivo en 1516 y esa fue una de las razones por las que León X empezó una guerra que ha sido casi eterna y ha afectado a toda la cristiandad. Bergoglio se ha metido en ese avispero, yendo a Suecia, a las festividades que han comenzado en la catedral de Lund para celebrar el 500º aniversario de la Reforma luterana.

La visita del Papa tiene una trascendencia enorme, que me parece que no ha sido lo bastante valorada ni por los católicos ni por el resto de los cristianos. En mi barrio, donde un psicópata controla las campanas de la iglesia de San Ildefonso, que hace sonar enloquecidas con el menor motivo, no ha habido un solo toque que celebre una fecha tan señalada, la que marca el día en que un Papa dejó en evidencia a un antecesor en el cargo, que inició una sanguinaria historia de asesinatos, quemas en la plaza pública, mutilaciones, torturas y una larga serie de atrocidades con el fin de proteger la corrupción y las prebendas que anidaban en la Santa Sede.

El párroco de San Ildefonso no es peor que una gran parte de la jerarquía eclesiástica de Irlanda. Allí las campanas no han intentado, con su tañido insolente, acabar con el odio, con los muros que lo encarnan. Católicos y protestantes se pueden seguir odiando en Belfast, cuando lo lógico sería pensar que deberían estar abrazándose por todas las esquinas y tirando juntos los muros que dividen la ciudad, para “dar seguridad a los vecinos”.

Bergoglio ha empezado, mejor dicho, ha recomenzado un camino ya iniciado por Juan XXIII, que era otra buena persona, y truncado por varios fundamentalistas, el último llamado Benedicto XVI. Ese camino lleva al final de una guerra civil que ha desangrado Europa durante siglos. Y en Irlanda, donde la confrontación se disfrazó de política, y llegó a su mayor cota de odio, no parece que se haya producido el efecto que el gesto del Papa merece que le ofrezcan. Los católicos, los papistas, por haber recibido el mensaje de que deben perdonar, y los protestantes, porque han recibido un gran mensaje de reconstrucción y generosidad. Los dos bandos podrían ahora reiniciar un camino que les permitiera ir juntos a Europa para discutir si Apple debe o no pagar impuestos. Preocuparse juntos por Europa, imaginando que el Brexit es solo cosa de ingleses.

Bromas aparte, Belfast no es mal sitio para que el papa Francisco prosiga su particular campaña para pacificar Europa definitivamente. España, que fue la campeona de la Contrarreforma, saldría beneficiada de una cruzada así. El PNV, por ejemplo, podría eliminar de su historia la pretensión de que el Papa ocupara la jefatura de un aranista Estado euskaldún.

Porque el engendro que el catolicismo ha formado en tantos siglos con el jefe fuera de control terrenal ha ido llenando de disparates el desván de la historia: es cierto que la práctica de quemar herejes en las plazas se acabó por fortuna hace tiempo, pero también es cierto que un Papa superdotado con los poderes incontestables de la infalibilidad, como Pío IX, declaró a María virgen eterna, y los católicos tienen que tragárselo.

Bergoglio ha emprendido una senda cuyos fines son admirables y sus resultados aún parecen inciertos. Empezar por reconocer que Lutero, el antes declarado mayor hereje de la historia, era un persona decente, no está mal.

Luego viene Trump. Cuando suenen las campanas en Belfast.

Jorge M. Reverte es escritor y periodista.

http://elpais.com/elpais/2016/11/21/opinion/1479729453_853766.html

El adjetivo

El adjetivo

(Mirador. El País. 25 de noviembre de 2016)

Josep Pla no era todo lo antifranquista que les habría gustado a los que serían sus compatriotas de haber vivido 35 años más, lo que sería mucho pedir. A decir verdad, yo comparto eso con los segundos, pero me suelo distanciar porque percibo en la animosidad más antiespañolismo que antifranquismo.

Hay algo de escandaloso en esa falta de cariño, porque Pla es, casi sin duda, el mejor prosista catalán en catalán del siglo pasado, y creo que de lo que llevamos de este. Me parece que no hago mal en recomendar a quienes quieran escribir bien en castellano que le lean en su lengua original. No sé si me engaño, pero a mí me sirvió de mucho leer sus viajes en autobús o ese monumento que es el Quadern gris.Dionisio Ridruejo le leía a menudo, y no era ni mucho menos un gran novelista, pero sí era un muy destacado escritor en castellano.

Yo creo que lo que más me impresiona de Pla es su uso del adjetivo, que es la pieza más comprometida y peligrosa de cualquier idioma. Él decía que su trabajo diario consistía en buscar adjetivos adecuados, y que cuando encontraba uno se podía ir a dormir tranquilo.

El adjetivo suele acompañar, cuando no se molesta uno tanto como Pla en encontrarle un buen acomodo, a lo peor del ser humano. Por ejemplo, cualquier mujer en nuestro país está expuesta a ser atacada con un adjetivo inapropiado con solo pisar la calle. Y no me refiero solo a que sea abrupto o grosero. Una lindeza puede ser mucho peor que una grosería.

Las mujeres tienen esa desgracia incluso cuando son objeto de la mayor de las groserías, como es el asesinato, el que ahora llamamos violencia de género.

Me indigna muy especialmente que una mujer pueda ser violada o apuñalada de manera “salvaje”, porque no concibo que semejante acción pueda ser nunca dulce. Y lo vemos todos los días en los medios informativos: muere una mujer violentamente tiroteada por su exmarido. ¿Es que alguien ha inventado los tiros amables?

Las mujeres, por lo general, son las principales víctimas del adjetivo, desde el que afirma que sus pechos aparecen rotundos debajo de la blusa hasta el que dice que está fondona. Porque los hombres, en general, no son tratados de la misma manera a la hora de escribir sobre ellos.

Quizá cuando se busca disminuir la violencia machista habría que dedicarle una pensada al uso del adjetivo. Un año sin adjetivos.

Si no se va a usar bien, mejor no usarlo. Lo que hacía Pla.

http://elpais.com/elpais/2016/11/24/opinion/1479994866_927296.html

Melville

Este país tiene mucho más fondo del que uno se puede imaginar después de haber vivido aquí casi setenta años, que es mi caso. Yo creo, por ejemplo, que tanto Hilary Clinton como Donald Trump experimentarían una fuerte impresión si supieran lo bien informados que están casi todos los periodistas que participan en tertulias sobre la forma de ser del americano medio.
Clinton habría podido ganar si se hubiera enterado mínimamente de cómo son sus compatriotas en el medio Oeste, y de cómo ven la confrontación racial los americanos de segunda generación de Florida. Por no hablar de la crisis industrial y cómo la analizan los trabajadores blancos de Detroit.

Bueno, pues de todo eso sabe un montón el español medio. A mi esta mañana, cuando ya se conocían los datos electorales, mi panadero me ha dado un buen repaso al respecto. A él no le ha extrañado nada, conociendo como conoce de cabo a rabo la naturaleza de estos americanos. Él nunca ha estado en Estados Unidos, pero no necesita hacerlo para saber de qué habla.

Aquí, al menos en Madrid, nadie se ha sorprendido con el resultado más que los que han estado años en Washington o Nueva York. Lo mejor es no haber ido nunca, por lo visto.

Yo llevo casi 24 horas esperando el apocalipsis, que no se ha producido afortunadamente todavía. Y para hacer la espera un poco más llevadera, me he puesto a leer la correspondencia que sostuvo Herman Melville con Nathanael Hawthorne hace siglo y medio (La Uña Rota). La verdad es que leyendo esas cartas se aprende mucho de literatura. Y se puede uno preguntar si un editor puede dedicarse a esas cosas viviendo en Segovia. Y resulta que sí, y que es muy improbable que Trump pueda evitarlo en el futuro.

También he visto la película “El corazón del mar”. Y cada vez siento una admiración mayor por el que considero uno de los más importantes creadores americanos. Moby Dick es uno de mis libros favoritos desde siempre (siempre es mucho tiempo), y me prometo retomar la costumbre de leerlo por lo menos una vez al año.

Y eso hoy me lleva a pensar que Donald Trump es una anécdota apenas en mi relación con la literatura americana. Que no hay ninguna posibilidad de que la interfiera.

Hoy, con más razón que nunca voy a dedicar mi tiempo a leer a Melville, sus cartas y sus novelas. Y no pienso aprender nada sobre el carácter del americano medio de Oregón o Arkansas. Es mejor aprender del americano sobresaliente.  
  Jorge M. Reverte

 

 

Independencia

Alberto Garzón, dirigente de la extinta Izquierda Unida, fagocitada por Unidos Podemos, ha dado muestras de independencia muy de agradecer en los tiempos que corren. Ha dicho en voz alta que Gabriel Rufián es un hipócrita por criticar al PSOE teniendo detrás acuerdos con Convergencia. Hay que valorarlo sobre todo porque en Podemos hay mucha gente que simpatiza con Esquerra o, incluso, con Bildu. Que estudien su pasado. Algo aprenderán.

Indeseables

No es preciso pararse mucho a pensarlo: hay dos dos tipos en el Congreso que son auténticos indeseables, que son Gabriel Rufián y Oskar Matute. ¿Por qué los independentistas se obstinan en mostrarnos su cara más repugnante?

Hijo doctor

Desde hace dos días soy padre de un doctor en Antropología, que no sé muy bien qué es. Mi padre habría dicho que es la ciencia de comer personas. Pero  eso ya me han explicado que es la antropofagia. O sea, que me queda por saber qué comen los antropólogos. Al parecer los padres de los doctorandos se suelen emocionar en las ceremonias que sirven para llegar a ese grado. Y yo tengo que reconocer que no he sido ninguna excepción, que me emocionó la forma en que mi hijo, que se llama Mario Martínez Zauner, se dirigió al tribunal, con un discurso bien estructurado, bien escrito, y bien dicho. Espero que le den un Cum Laude. Si no, ya tengo amenazado al tribunal.

La tesis de Mario versa sobre los presos políticos del tardofranquismo,  y tiene una deuda intelectual con Deleuze, reconocida por el autor. Eso, va de soi, significa que yo estoy muy en desacuerdo con su fundamento teórico. Pero en cambio, estoy encantado con la parte testimonial de la tesis. Me gusta además su estructura y su escritura.

Estoy orgulloso de mi hijo.