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Ese humor invencible del creador de Gálvez

Jorge M. Reverte presenta la séptima entrega de la serie, en la que novela “la prepotencia de las multinacionales”

Juan Cruz.

 

Jorge Martínez Reverte, este lunes en la Feria del Libro de Madrid.
Jorge Martínez Reverte, este lunes en la Feria del Libro de Madrid. SAMUEL SÁNCHEZ

No hay estadísticas al respecto, pero seguramente la presentación de Gálvez y la caja de los truenos (Ediciones del Viento), de Jorge Martínez Reverte, estará entre las más alegres registradas en los más de 70 años de la Feria del Libro de Madrid. Fue anoche, en el Retiro, y estaban los hermanos y los innumerables amigos de una de las personas más queridas y virtuosas del periodismo y de la literatura española.

En 2014, sufrió un ictus, experiencia que narró en Inútilmente guapo. Y con este libro que presentó anoche no solo desafío el maldito padecimiento, sino que muestra, otra vez, el humor invencible sin el cual no hubiera escrito varios libros y no hubiera seguido siendo el que inventó el personaje de Gálvez (en Demasiado para Gálvez, de 1979) cuyas aventuras siguen con esta nueva entrega, la séptima, de la serie. La gente quiere saber en quién se inspiró para crear a ese periodista ingenuo e impetuoso. A esa pregunta (“¿Quién coño es Gálvez?”) respondió Martínez Reverte por boca de su mujer, Mercedes Fonseca: si después de todas las prótesis que emplea (gracias a la cual las mujeres que lo cuidan hicieron de su “cuerpo devastado algo que se parece a uno de verdad”), es incapaz de saber quién es él mismo, “¿cómo voy a saber quién es Gálvez?”.

Su hermano Javier dijo que Gálvez podría ser “un Quijote moderno, un tipo ético en un país sin ética”. Guillermo Altares, periodista de EL PAÍS, señaló que este quijote que no es Gálvez pero se le parece “es un inmenso periodista de hechos”, capaz de investigar bien hasta la ficción. Jesús Egido, editor, amigo suyo, celebró “la recuperación de la tradición del humor en la escritura; con ese humor contagia la realidad”. Eduardo Riestra, editor de la novela, se sintió agradecido de ser citado entre sus personajes.

En la sala estaban otros nombres que festonean las páginas de la nueva entrega. La risa con la que asistió a los panegíricos fue el pórtico a su broma final, que leyó su mujer: “Un consejo que les ofrezco gratis si me lo permiten: si les dan a elegir, no escojan ictus; quédense con susto”.

El periodista, nacido en 1948, colaborador de EL PAÍS, autor de novelas, ensayos, historias y columnas, va en su recuperación al logopeda y a rehabilitación, vive las consecuencias de aquel golpe del abismo y en estos tres años desde aquel miedo ha escrito cuatro obras, solo o en compañía de otros. Dice Javier sobre esa energía: “Jorge tiene mucha fuerza mental y siempre ha sido un hombre lleno de voluntad. Esa es la historia”. La raíz de su humor. Ese humor es Jorge. Hace dos años, cuando publicó acaso el más difícil de todos sus libros, dijo: “Sin el humor yo no había salido adelante”. Aquel libro tenía el humor hasta en el título, Inútilmente guapo (Esfera de los Libros). Ahora sigue escribiendo como si aquella negra sombra no estuviera en el recuerdo.

Demasiado para Gálvez fue el primer título de la serie. Ese Gálvez coexistió con otro gran detective popular de la época, Pepe Carvalho, la criatura de Vázquez Montalbán. Martínez Reverte señalaba ayer a este diario antes de la presentación que Carvalho “transitaba por una vía más política. Gálvez vivía con perplejidad la sociedad que le había tocado”. Llegó al personaje “porque la profesión de periodista no estaba en causa. Y me parecía importante reírme de mí y de mis compañeros, que siempre nos tomamos muy en serio a nosotros mismos. Y no hablemos de los empresarios de prensa, que parecían todos saber cómo había que hacer la democracia y gobernarla. Se hacía un periodismo muy malo. Ahora ha mejorado algo”.

Esta nueva entrega va de “la prepotencia de las multinacionales, que solo se puede combatir con grandes movilizaciones en los Estados democráticos, es decir, con la necesaria complicidad de las instituciones democráticas”. Lo que no hay, ahora, es aquel terrorismo etarra que marcó la salida de Gálvez. “El terrorismo nos marcó mucho a todos, Gálvez incluido. Y ha dejado una gran huella en la gente. En Euskadi falta un gran debate que haga que la gente se responda a muchas preguntas. Sobre todo, cuál fue su actitud ante las víctimas, esos héroes que plantaron cara no solo al terror, sino también a la actitud de sus vecinos, que les consideraban solo como la otra cara de la moneda”.

Ese humor invencible del creador de Gálvez.

Alrededor de 200 personas, abarrotaron el pasado lunes la carpa de Bankia en la Feria del Libro de Madrid para ver la presentación del libro “Gálvez y la caja de los truenos”.

Incluimos el texto de presentación del autor y algunas fotos (por cortesía de Mariví Ibarrola).

 

Buenas tardes a todos. A todas no se las doy porque voy a hablar fundamentalmente de ellas. Ya he contado muchas veces que la lección fundamental que saqué de la mili, que hice en África, fue que no me interesaban las reuniones de más de dos hombres. Y mi madre me había avisado también con gesto muy serio: “hijo mío, nunca te cases con un hombre”. Ella y yo sabíamos que no hablaba de sexo.

Una más de las razones de mi fobia de género es la convicción de que los hombres mienten mucho. Sin ir más lejos: yo.

Por ejemplo, mi respuesta pertinaz a una pregunta que me persigue desde hace muchos años, desde hace ya décadas:

 

-PREGUNTA: ENTRE TÚ YO, JORGE, ¿QUIÉN ES GÁLVEZ?

-RESPUESTA: GÁLVEZ, CARIÑO, ES…¡Y YO QUÉ COÑO SÉ!

 

Un personaje tan mediocre se ha metido en mi vida, impostándose en mí de tal manera que no sé cómo apartarlo. Por ejemplo, esta mañana, cuando he empezado con mis rutinas:

A las 7,00 ha sonado el despertador de mi mujer, nos hemos dado unos cariñosos “buenos días”, y me ha ayudado a quitarme la prótesis de la mano, una férula que me instaló Blanca en la FJD y que me sirve para tener relajado el brazo derecho, casi inútil todavía. Unos minutos después, me quito yo sin ninguna ayuda la prótesis bucal que me instaló Bárbara para evitar que me duelan las mandíbulas por la mañana.

A las 8,45, después de echar un buen sueño, tomo el desayuno y leo el periódico que me trae, lógicamente malhumorado mi hijo, con la ayuda de una complicada prótesis que me instaló Macarena, de OPTIMÓN, porque el ataque cerebral que sufrí hace casi tres años hizo que ninguna de las gafas que tenía valiera para nada. Como tampoco valían para nada las que los mejores ópticos ofrecían, Macarena tuvo que estudiar de nuevo Oftalmología para ofrecerme, tres meses después de que no pudiera leer ni un libro ni un periódico, la soñada redención.

Las prótesis de los oídos me las pone mi ya bienhumorado hijo sobre las 10 de la mañana, cuando acaba de ducharme con bromas sobre mi incapacidad para encestar el estropajo en una esquina de la bañera. Hay que decir, llegados a este punto que los aparatos de GAES son, además de muy caros, los mejores del mercado, y una soberana porquería soportada por la maravillosa tecnología de SIEMENS, que usó en sus fábricas durante la II Guerra Mundial mano de obra esclava.

Una vez afeitado, cosa que hago solo, me lavo los dientes y me coloco otra prótesis bucal de porcelana y acero que me ayuda a masticar mejor y a disimular la ausencia de algunas muelas. Se la debo también a mi querida Bárbara.

Dependiendo de las fuerzas, me voy a leer o escribir al ordenador utilizando el bastón de cuatro apoyos o nada para apoyarme.

Luego, repaso las instrucciones de las doctoras Carmen y Raquel para mi correcta rehabilitación, que a estas horas ya empiezo a pensar que se dilata demasiado.

Y entonces ya puedo preguntarme quién soy yo entre tanta prótesis y tantas instrucciones. Y me cuesta saberlo. Si no sé quién soy yo, ¿Cómo voy a saber quién es Gálvez?

Ya he respondido a la pregunta fundamental. Hay otras que son más sencillas de responder, pero no menos importantes. Por ejemplo, ¿cómo he llegado aquí? Desde que sufrí el llamado ictus, han pasado casi tres años y he escrito cuatro libros.

Para poder hacer eso, tuve la impagable ayuda de Blanca, Ana, Yolanda y Cari, entre otras mujeres de la FJD, como las doctoras ya mencionadas. Ellas hicieron de mi cuerpo devastado algo que se parece a uno de verdad.

Mercedes, mi mujer, y Mario, mi hijo favorito, porque es único, hicieron el resto, aunque con una ayuda inapreciable como la que nos prestó Carmen López, una logopeda extraordinaria y valerosa, que me sigue atendiendo e intentando que me pueda comunicar con el mundo.

Juan Cruz está aquí no solo por ser un periodista de los pocos que Gálvez admira, meticón e incansable, sino porque, aunque posiblemente no se acuerde, hizo la primera reseña de Gálvez en El País.

Mi hermano Javier, porque a su pesar es responsable de que Gálvez sea como es. Javier decidió ser periodista y yo decidí seguir su ejemplo. Luego, decidió dejar de serlo y se convirtió en un espléndido escritor de viajes y de no viajes.

De Willy Altares tengo que decir que, lamentándolo mucho, es el periodista más parecido a Gálvez que conozco. Es bueno y tiene un criterio propio.

Jesús Egido y Eduardo Riestra representan aquí a lo mejor de la edición española.

Entre el público están la mayoría de los responsables de todas mis prótesis. Les agradezco que hayan venido, aunque hoy les pido que mantengan sus manos lejos de mí.

A todos los demás, muchas gracias por venir, pero sobre todo por no preguntarme quién es ese tal Gálvez. Y un consejo, que les ofrezco gratis si me lo permiten: si les dan a elegir, no escojan ictus, quédense con susto.

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Corregimos los datos de la presentación del libro. Tendrá lugar el día 29 de mayo a las 20h en el Pabellón Bankia de Actividades Culturales de la Feria del Libro de Madrid.

Intervendrán Juan Cruz, Guillermo Altares, Javier Reverte, Jesús Ejido, el editor Eduardo Riestra y el autor de la obra.

galvez-y-la-caja-de-los-truenosDesde su primera aparición en un libro, ‘Demasiado para Gálvez’, el protagonista de esta saga escrita por Jorge M. Reverte ha conseguido hacer reír a mandíbula batiente a media España. La otra media no tardará en hacerlo con esta entrega, en la que un hombre normal logra sobrevivir a situaciones también normales hoy en España, atentados, palizas por encargo, asesinatos, corrupciones, y asuntos de cama. Literatura comprometida y, por tanto, de humor. O sea, GÁLVEZ.

Ya está a la venta el último libro de Gálvez. Puedes leer aquí el Primer capítulo.

Presentación el día 29 de mayo a las 20h en el Pabellón Bankia de Actividades Culturales de la Feria del Libro de Madrid.

portada cerebroEl pasado 3 de mayo tuve el honor de presentar el libro de mi amigo Esteban García Albea en el Colegio de Médicos de Madrid, en la misma sala donde daba sus clases Santiago Ramón y Cajal. Traigo aquí el texto completo de la presentación que leyó, como ya es costumbre, para ayudar a este mutilado por el ictus, Mercedes Fonseca:

PRESENTACIÓN LIBRO “SU MAJESTAD EL CEREBRO”, de Esteban García Albea.La esfera de los libros.

A pesar de nuestra avanzada edad, la amistad entre Esteban y yo es joven. Tiene los pocos años que se nos han escurrido entre los dedos desde que publicó otro libro también excelente sobre su experiencia como director de un macro hospital en la etapa del primer gobierno socialista. Era un divertido pero veraz testimonio que yo tuve el privilegio de presentar en este mismo lugar, y me llena de satisfacción que Esteban haya querido repetir; y, por supuesto, en tan buena compañía como Ángel Gabilondo. Es difícil encontrar mejor cómplice para una fechoría como ésta: presentar un libro.

Soy partidario de dar primero las buenas noticias. Y tengo que anunciar que Esteban sigue escribiendo muy bien. Tenemos un libro sobre un asunto endiablado que está escrito por un muy buen profesional de la cosa. Mejor dicho, de las dos cosas. Porque Esteban es uno de los más fiables especialistas en el cerebro humano, y es un consumado narrador.

Lo del cerebro es algo que a mi personalmente me preocupa mucho, no sólo porque, como es evidente, he tenido y tengo problemas con él, sino porque siempre me ha interesado, aunque con una idea que no comparte nuestro héroe: yo pienso que los especialistas como Esteban no saben apenas nada, sobre tan majestuoso órgano, aunque ellos digan que sí. Y si no, qué pasa que yo sigo sin estar curado pese a que tenga amigos tan doctos en la materia. ¿O ya la amistad ha dejado de jugar un papel importante en el clientelismo?

Porque, querido Esteban, no es broma lo que te digo cada vez que tienes la amabilidad de visitarme: ¡Cúrame de una vez! Y Esteban, lo digo aquí que hay una audiencia de amigos del médico del que hablo, no has tenido la bondad de curarme de una enfermedad sobre la que sabes mucho, me consta, y que deberías manejar a tu antojo. Quizá es que yo no me he sabido explicar: Esteban, tengo un ictus. Puede ser que con esa información te apañes.

Pero venimos a hablar de un libro. Y tengo que decir que me lo he leído casi sin respirar, pese a que no está hecho con concesiones fáciles para lectores supuestamente idiotas, sino que es un libro serio en el que nos acercamos al órgano que casi todo el mundo considera el más importante de nuestro cuerpo. Incluidos los hombres, sobre los que corre el infundio de que piensan en otro órgano como el fundamental. No es así, se lo aseguro. Yo sé, y tengo una buena base estadística ahora, que los hombres también consideran el cerebro como la parte fundamental para controlar otros órganos que parece que tienen su importancia, al menos entre el género masculino.

Es muy difícil destacar alguna fragmento del libro. Desde luego, la vieja obsesión de Esteban por la enfermedad que padecía nuestra santa poetisa, Teresa de Jesús. Pero también todos los aspectos históricos y técnicos que son decisivos a la hora de preocuparse por el cerebro.

No viene mal en época de pesimismo histórico el capítulo dedicado a Ramón y Cajal, que eleva la consideración que tenemos los españoles por nuestra capacidad científica. Y son muy inteligentes las reflexiones sobre el psicoanálisis y Freud.

Se lo van a pasar ustedes muy bien si se leen este libro. Se lo garantizo. Que Santa Teresa confunda mi cerebro si estoy exagerando.

Gracias, Esteban, por este excelente libro.

Lucha de carneros y batalla decisiva.

Santos Juliá.

Los generales franquistas preferían el choque frontal; los republicanos, la ofensiva estratégica. Ambos eran buenos para ocupar territorios y malos para conducir una guerra

Franco asiste a una contraofensiva de la batalla del Ebro.
Franco asiste a una contraofensiva de la batalla del Ebro. MIGUEL GÓMEZ

Pues resulta que no, que Jorge M. Reverte no había puesto broche de oro a su pasión por la Guerra Civil con El arte de matar, un excelente ensayo sobre tácticas y estrategias desarrolladas por los dos Ejércitos españoles, llamados nacional uno, y popular el otro, en un tiempo en que la nación se levantó contra el pueblo. Resulta que tenía guardada una penúltima entrega para seguir alimentando lo que bien puede llamarse “Biblioteca Reverte de la guerra civil española”. Fruto de esta dedicación, y de la colaboración estrecha de Mario Martínez Zauner y de Ignacio d’Olhaberriague, es el recorrido que nos lleva, ahora a ras de suelo, desde los días de la rebelión militar que, con su parcial fracaso, dio origen a la guerra hasta el último parte que la daba por terminada, sin armisticio ni paz.

Informes, maniobras de distracción, campañas, ocupación y pérdida de terreno, tropas y jefes militares, recursos logísticos, armas y municiones, aviones, bombardeos, todo, en fin, minuciosamente detallado, desde el día en que se prepara cada batalla hasta su resultado final. Madrid, el Jarama, Guadalajara, Brunete, Belchite, Teruel, sin olvidar el norte, para culminar, tras la fallida ofensiva nacionalista sobre Levante, en la batalla más larga y mortífera, y la más desastrosa para la República, la del Ebro. Cada una con la sucesión de estados de ánimo que van desde la inquietud y las cábalas por lo que el enemigo pueda estar tramando a la euforia del triunfo, para acabar en la desolación del frente derrumbado o el desfile en la plaza conquistada.

Lucha de carneros y batalla decisiva

¿Por qué duró tanto la guerra? ¿Por qué no se llegó a un armisticio o a una suspensión de armas que condujera a un plebiscito? ¿Por qué triunfaron los militares sublevados? En una ocasión, hace muchos años, dijo Ramón Salas Larrazábal, en uno de esos cientos de congresos o conferencias sobre la guerra que se organizaban cuando éramos amnésicos, que los jefes y oficiales españoles, aparte de no haber recibido más educación militar que la procedente de la escuela francesa y de contar como única experiencia la adquirida en la guerra de Marruecos, eran en conjunto eficientes comandantes, pero incompetentes generales: sabían mandar un batallón, pero carecían de experiencia y conocimiento para el mando de grandes cuerpos de Ejército; en resumen, buenos tácticos para la ocupación de un territorio, pésimos estrategas para la conducción de una guerra. Muchos años después, la conclusión que puede alcanzarse, tras recorrer con los autores de estas grandes batallas todo el camino que lleva de Madrid al Ebro, es que entre Francisco Franco, generalísimo del Ejército nacional, y Vicente Rojo, jefe del Estado Mayor Central del Ejército popular, con todas las abismales diferencias que los separan, no existía una distancia radical en lo que se refiere a su competencia para la campaña y su incompetencia para la guerra. Para lo militar, son como las dos caras de la misma moneda, siendo la moneda la Gran Guerra, y sus caras la ofensiva frontal y la batalla decisiva. Más brillante, más audaz Rojo, capaz de convertir lo que ideaba como maniobra de distracción para aliviar un frente en una ofensiva en toda regla; más cauto, más empecinado en la lucha de carneros Franco, fiándolo todo a la masa de hombres que podía enviar al matadero en cada ofensiva frontal, como fue la norma en la Gran Guerra.

Pero también como en la Gran Guerra, Rojo —y Negrín con él y antes Prieto— siempre soñó con la batalla decisiva; como le dijo a Azaña, ya en noviembre de 1937: “Con mi plan de atacar Sevilla, nos lo jugábamos todo; pero si salía bien, la guerra estaba ganada”. Su plan pudo llevarlo a la práctica en Teruel y en el Ebro y, en los dos casos, las brillantes ofensivas culminaron en el derrumbe de su propio frente porque todo dependía de varios si… que no estaba al alcance de su mano controlar: Rojo andaba sobrado de si…, nos recuerdan los autores, y esta es la clave de todo el asunto. Franco, sin embargo, desde su fracaso en Madrid, no organizó ninguna batalla decisiva, solo ofensivas frontales para ocupar o recuperar terreno: tardó mucho, irritó a Hitler y Mussolini, pero no sabía hacer otra cosa.

Sí, tienen razón Jorge M. Reverte y Mario M. Zauner cuando afirman que la historia de que Franco retrasó a propósito el fin de la guerra para así mejor proceder a una sistemática limpieza de su retaguardia no pasa de ser una coartada para explicar su fracaso ante Madrid. No triunfó antes porque enfrente había un Ejército capaz de resistir, como por dos veces demostró Miaja, una en Madrid, en 1936; otra en Valencia, en 1938. Un Ejército capaz también de montar ofensivas de gran estilo. Al final, este fue el error decisivo del tándem Negrín/Rojo: desechar la defensa elástica y los hostigamientos parciales por la ofensiva que cambia el curso de la guerra. Lo cambió, ciertamente, pero en contra de quienes habían tenido la osadía de lanzarla fiándolo todo a un si…

De Madrid al Ebro. Jorge M. Reverte y Mario Martínez Zauner. Galaxia Gutenberg, 2016. 390 páginas. 20 euros

http://cultura.elpais.com/cultura/2017/01/16/babelia/1484562090_372321.html

Adios, porque no hay más remedio, ya nos gustaría poder decirte hasta luego, pero no tenemos ninguna seguridad en que podamos volver a verte. Hablar de ti casi es hacer una letanía de agradecimientos, pero sobre todo uno: que hayas vivido muchos años aunque sean muchos menos de los que habríamos querido algunos.

Gran amiga Blanca. No hemos ido a verte, porque realmente no podíamos, pero esperamos que tus hijas Mercedes y Blanca te hayan engañado como otras veces para disculparnos. No hay disculpa, teníamos que haber ido fuera como fuera. Pero creemos que sí has sabido cuánto  te queríamos y te vamos a seguir queriendo. Porque vamos a jugar a que no te has muerto. Si no te importa, lo dejamos así. Muchos besos. Mercedes, Mario y Jorge.

(Otro día contaremos las fiestas de Cortelazor, con su diana, su madrugá y su toro de fuego.)