Presentación del nuevo Gálvez
Alrededor de 200 personas, abarrotaron el pasado lunes la carpa de Bankia en la Feria del Libro de Madrid para ver la presentación del libro “Gálvez y la caja de los truenos”.
Incluimos el texto de presentación del autor y algunas fotos (por cortesía de Mariví Ibarrola).
Buenas tardes a todos. A todas no se las doy porque voy a hablar fundamentalmente de ellas. Ya he contado muchas veces que la lección fundamental que saqué de la mili, que hice en África, fue que no me interesaban las reuniones de más de dos hombres. Y mi madre me había avisado también con gesto muy serio: “hijo mío, nunca te cases con un hombre”. Ella y yo sabíamos que no hablaba de sexo.
Una más de las razones de mi fobia de género es la convicción de que los hombres mienten mucho. Sin ir más lejos: yo.
Por ejemplo, mi respuesta pertinaz a una pregunta que me persigue desde hace muchos años, desde hace ya décadas:
-PREGUNTA: ENTRE TÚ YO, JORGE, ¿QUIÉN ES GÁLVEZ?
-RESPUESTA: GÁLVEZ, CARIÑO, ES…¡Y YO QUÉ COÑO SÉ!
Un personaje tan mediocre se ha metido en mi vida, impostándose en mí de tal manera que no sé cómo apartarlo. Por ejemplo, esta mañana, cuando he empezado con mis rutinas:
A las 7,00 ha sonado el despertador de mi mujer, nos hemos dado unos cariñosos “buenos días”, y me ha ayudado a quitarme la prótesis de la mano, una férula que me instaló Blanca en la FJD y que me sirve para tener relajado el brazo derecho, casi inútil todavía. Unos minutos después, me quito yo sin ninguna ayuda la prótesis bucal que me instaló Bárbara para evitar que me duelan las mandíbulas por la mañana.
A las 8,45, después de echar un buen sueño, tomo el desayuno y leo el periódico que me trae, lógicamente malhumorado mi hijo, con la ayuda de una complicada prótesis que me instaló Macarena, de OPTIMÓN, porque el ataque cerebral que sufrí hace casi tres años hizo que ninguna de las gafas que tenía valiera para nada. Como tampoco valían para nada las que los mejores ópticos ofrecían, Macarena tuvo que estudiar de nuevo Oftalmología para ofrecerme, tres meses después de que no pudiera leer ni un libro ni un periódico, la soñada redención.
Las prótesis de los oídos me las pone mi ya bienhumorado hijo sobre las 10 de la mañana, cuando acaba de ducharme con bromas sobre mi incapacidad para encestar el estropajo en una esquina de la bañera. Hay que decir, llegados a este punto que los aparatos de GAES son, además de muy caros, los mejores del mercado, y una soberana porquería soportada por la maravillosa tecnología de SIEMENS, que usó en sus fábricas durante la II Guerra Mundial mano de obra esclava.
Una vez afeitado, cosa que hago solo, me lavo los dientes y me coloco otra prótesis bucal de porcelana y acero que me ayuda a masticar mejor y a disimular la ausencia de algunas muelas. Se la debo también a mi querida Bárbara.
Dependiendo de las fuerzas, me voy a leer o escribir al ordenador utilizando el bastón de cuatro apoyos o nada para apoyarme.
Luego, repaso las instrucciones de las doctoras Carmen y Raquel para mi correcta rehabilitación, que a estas horas ya empiezo a pensar que se dilata demasiado.
Y entonces ya puedo preguntarme quién soy yo entre tanta prótesis y tantas instrucciones. Y me cuesta saberlo. Si no sé quién soy yo, ¿Cómo voy a saber quién es Gálvez?
Ya he respondido a la pregunta fundamental. Hay otras que son más sencillas de responder, pero no menos importantes. Por ejemplo, ¿cómo he llegado aquí? Desde que sufrí el llamado ictus, han pasado casi tres años y he escrito cuatro libros.
Para poder hacer eso, tuve la impagable ayuda de Blanca, Ana, Yolanda y Cari, entre otras mujeres de la FJD, como las doctoras ya mencionadas. Ellas hicieron de mi cuerpo devastado algo que se parece a uno de verdad.
Mercedes, mi mujer, y Mario, mi hijo favorito, porque es único, hicieron el resto, aunque con una ayuda inapreciable como la que nos prestó Carmen López, una logopeda extraordinaria y valerosa, que me sigue atendiendo e intentando que me pueda comunicar con el mundo.
Juan Cruz está aquí no solo por ser un periodista de los pocos que Gálvez admira, meticón e incansable, sino porque, aunque posiblemente no se acuerde, hizo la primera reseña de Gálvez en El País.
Mi hermano Javier, porque a su pesar es responsable de que Gálvez sea como es. Javier decidió ser periodista y yo decidí seguir su ejemplo. Luego, decidió dejar de serlo y se convirtió en un espléndido escritor de viajes y de no viajes.
De Willy Altares tengo que decir que, lamentándolo mucho, es el periodista más parecido a Gálvez que conozco. Es bueno y tiene un criterio propio.
Jesús Egido y Eduardo Riestra representan aquí a lo mejor de la edición española.
Entre el público están la mayoría de los responsables de todas mis prótesis. Les agradezco que hayan venido, aunque hoy les pido que mantengan sus manos lejos de mí.
A todos los demás, muchas gracias por venir, pero sobre todo por no preguntarme quién es ese tal Gálvez. Y un consejo, que les ofrezco gratis si me lo permiten: si les dan a elegir, no escojan ictus, quédense con susto.