Semana Santa
Solo he conseguido sumergirme de veras, y por poco, en una Semana Santa. Fue en Sevilla. He visto algún ritual de vudú y no he tenido la misma suerte. Cada vez que veo una procesión me sucede lo mismo: casi todo apesta a falso. Esas nutridas filas de señoras engalanadas de negro, con peinetas, tacón alto y escotes, a veces, golosos. Suelen ser las “señoritas” de los pueblos. Luego, los tipos engominados, los niños vestidos de mayores, con traje y pelo engominado. Las niñas adolescentes de la orquesta que cierra, con sus minifaldas. Y costaleros que las pasan canutas y han pagado por hacerlo. Tambores, tamboriles, bombos, clarines, trompetas. Y, delante de todos, un cura de gesto soberbio, acompañado por el alcalde, a veces notoriamente ateo.
Este es un país de fingimiento y exhibición. En la Semana Santa, me lo parece. Y, encima, el sábado no hay periódico.