Pilar Ruiz
A Pilar Ruiz le han pasado siempre cosas muy fuertes. Cuando era una cría, se la llevaron a Francia porque su padre era socialista y las tropas franquistas entraban a sangre y fuego en Euskadi (que estaba ya bastante a sangre y fuego). Después, estuvo en Francia y la familia logró volver a España, a un pueblo de Cataluña. Cuando Franco volvió a entrar donde ella estaba, ya no huyeron los Ruiz. Se fue con su madre andando hasta su pueblo, Hernani, en Guipuzcoa. Al llegar, vieron como sus bienes habían sido saqueados por piadosos vecinos. Y los Ruiz tuvieron que empezar de nuevo, callados, sin poder denunciar las tropelías a las que les habían sometido. Pilar se casó con un buen tipo, de apellido Pagazaurtundua, y tuvo tres hijos, Joseba, Iñaki y Maite. Todos fueron siempre de izquierda. Joseba coqueteó al final del franquismo con el entorno de ETA, pero lo dejó a tiempo, sin haber tenido relación ninguna con hechos de sangre. Se afilió al PSE y fue sargento de la Policía Municipal de Andoain. Cumplió con su deber y reventó comandos y persiguió a asesinos. Por eso le persiguieron los asesinos, ante la indiferencia de sus jefes políticos del ayuntamiento del pueblo y de la propia policía gobernada por el PNV. Le acabaron matando. Su madre no paró desde entonces de dar la cara, de exigir justicia. En una ocasión se enfrentó al obispo Setién en plena calle para reprocharle su connivencia con los asesinos. No callaba, ni calla, esta mujer, que se negó a abandonar su casa en San Sebastián pese a las presiones de los que siguen sin arrepentirse.
Ahora, Pilar ha tenido que abandonar su ciudad porque se ha roto una cadera. Es una mujer admirable. La cuida su hija Maite Pagaza, que ha heredado de su madre el valor y la claridad de ideas. De ella tendremos mucho tiempo para hablar. Hace unos días le hicieron un homenaje en el Kursaal, en Donostia. No pude ir. Pero creo que sabe que la admiro a ella tanto como a Pilar. Tendremos mucho tiempo para hablar. Porque estas mujeres tienen cuerda para rato.