Me he levantado a las 7,15 de la mañana. No logro evitar eso de despertarme demasiado pronto ni siquiera en días festivos (hoy es la estupidez esa del Corpus Christi, que libera de trabajo a todos los sindicalistas laicos). Había mucho ruido en la calle. Un grupo de unas doce personas apuraba los últimos restos de cerveza de unas latas que les habían vendido algunos de los cuatrocientos mil chinos que se dedican a eso en el Madrid de la noche. Eran dos chicas y diez chavales que rondaban los treinta años. Hablaban muy alto, y uno de ellos portaba una bandera española algo decaída por la derrota futbolística. Luego, pasaron una par de grupos más, de número reducido, también con banderas españolas que no recordaban al Borbón sino a Casillas. Y, por fin, un tipo solo, que vestía una camiseta del Real Madrid. Un triunfador.