Los parlamentarios se defienden: los precios bajos en la cafeteria del Congreso los disfrutan, sobre todo, los empleados. Además, aducen, es demagógico hacer referencia a los gin-tonics porque la inmensa mayoría no bebe.

¿Y qué? La cuestión no está ahí. La cuestión es por qué tiene que tener nadie el mínimo privilegio, a costa de los impuestos. Si quieren precios distintos, que hagan una cooperativa.

La noticia ha trascendido y los precios de la cafetería no han cambiado, o sea, que continúa la idea de la subvención, para el café o para lo que sea. La transparencia ha funcionado esta vez como cotilleo, nada más. Esperemos que la ley sirva para cortar comportamientos tan anómalos.

Si eso no se ha arreglado de forma automática, ¿qué será de las pensiones privilegiadas que votan ellos mismos, los benefticiarios?