Confieso que no me despierta ninguna simpatia el personaje de Julian Assange. Ni su forma de mirar a la cámara ni su amenazadora presencia. No entro en las acusaciones sobre acoso sexual porque no tengo datos, y qué decir de su lugar de asilo, proporcionado por un país de dudosas credenciales democráticas. Pero simpatizo también muy poco con los que reaccionan contra él con semejante saña. Assange lo que ha hecho ha sido amenazar con airear datos relevantes que muchos gobiernos guardan en sus cajones. Asume, sin legitimidad para ello, eso es cierto, el papel que no cumplen las comisiones parlamentarias de investigación o la prensa teóricamente libre de los países democráticos. ¿Qué pone en riesgo esa actitud? En la mayoría de los casos, la acción incontrolada de poderes que arrastran corruptelas o prácticas más que dudosas. En otros casos, secretos inevitables de la diplomacia. Los que los esconden son, muchas veces, evasores de la verdad y de la justicia. Assange no distingue, le da lo mismo ocho que ochenta. Assange es un fruto de la fortaleza de la tecnología, y además es fruto, de la falta de transparencia del establishment polìtico.