Año cero
Escribo esto a las nueve y poco de la mañana. Y no puedo evitar el recuerdo de otra proclamación de hace 39 años, la de Juan Carlos I por las Cortes franquistas.
Yo desprecié aquel acto, por supuesto, porque odiaba el franquismo y me repugnaba la selección de un heredero que lo era todo menos constitucional.
Juntos, mi mujer entonces, Maica, y yo nos fuimos a la puerta de Carabanchel para pedir la amnistía para los allí encerrados. Nos disolvieron, como era previsible, pero nos volvimos a juntar y volvimos a corear lo de “amnistía y libertad” saliendo de un bosquecillo de pinos rábanos. Y nos volvieron a disolver. Pero nos dio tiempo a que una televisión extranjera tomara planos de la manifestación, y eso ya era un logro importante. Tiempo después, alguno de los que estaban dentro de la cárcel nos dijo que nos habían oído y eso les había dado ánimos. Bueno, eso era otro logro. Aquella manifestación salió muy bien pese a los porrazos de unos guardias que actuaron con una contundencia algo menor que la de otras veces.
Hoy no voy a salir a manifestarme a ningún lado. Echaré algún vistazo a la tele de cuando en cuando, y ya.
No creo que le vayan a abrir la cabeza a nadie. Salvo que se empeñe en que se la abran. Hoy en la cárcel no hay demasiada gente por la que jugarse un porrazo. Alguna habrá, pero no está en mis archivos.
Así que, contra la sensación dominante, debo decir que no me siento ni ofendido ni molesto por el paseo de Felipe VI por el centro de Madrid.