No tengo elementos de juicio suficientes para emitir una opinión que me parezca certera sobre Carlos Mulas, ex director de la Fundación Ideas y ex mandamás en el aparato de eminencias que rodeaba (y quizá rodee aún) a José Luis Rodríguez Zapatero, a quien posiblemente ustedes no recuerden, que fue presidente del gobierno español. Eso sí, Mulas tenía un curriculum muy sobresaliente, porque se había licenciado en Cambridge, donde se licencian cada año miles de ingleses. En La Moncloa, el palacio donde ejerció el cargo de asesor en la oficina económica del presidente, provocaba admiración ese hecho y el que supiera inglés, como millones de ingleses.

A mí, en cambio, eso no me provoca admiración. Mulas no me ha ocupado nunca más de diez segundos, que era el lapso de tiempo que pasaba entre el momento en que escuchaba su nombre y el siguiente momento en que se me olvidaba. Simpático no me caía, porque, entre otras actividades, se destacó en la liquidación de la Fundación Pablo Iglesias, un lugar de hermosa y fructífera trayectoria que fue dirigida en su momento por alguien como Fernando Claudín, y en el que trabajaba con eficacia mi querida Duca Aranguren, víctima de un ERE como muchos otros, pero injusto como pocos.

Pero ayer mi aprecio por Mulas subió como las acciones de una empresa californiana cuando me enteré por la prensa de sus ficciones. Él y su mujer se inventaron la existencia de una mujer importante, Amy Martin, norteamericana experta. ¿Experta en qué? Experta, tout court, que es una ocupación grandiosa. Mi hermano Javier lleva en su cartera un fajo de tarjetas de visita en las que aparece su nombre y, debajo, la palabra experto. Se las da a pesados, borrachos o no, para reírse del mundo.

El mérito de Mulas y su mujer con lo de Amy es mayor. Ha sido inventada para sacarle un rendimiento y, posiblemente (dios lo quiera así) hasta tenga biografía. No quiero ni pensar si Amy habrá entrado además en algún juego erótico à trois. Bueno, no quiero pensarlo y sí. Porque he empezado a imaginármela con ese aire de universitaria norteamericana a la que la CIA ficha por su brillantez en los análisis estratégicos, de piernas largas, melena rubia y boca decidida.

Sus artículos de a tres mil euros la pieza deben ser buenos, además de variados. Dicen los periódicos que ha escrito, por ejemplo, sobre el cine en Nigeria. ¿A quién se le puede ocurrir eso? A una experta.

Adolfo Bioy Casares escribió una de sus más divertidas novelas en torno a un personaje turbador que no existía, La invención de Morel. Eso era literatura. Lo de Amy Martín, también lo parece. Pero va más allá. ¿Se inventaron Carlos Mulas y su mujer a Zapatero? Eso explicaría muchas cosas.