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Conocí a David S. Pike en París, a través de mi muy amiga Silvia Ribelles. Había conocido ya alguno de sus trabajos sobre los españoles en el campo nazi de Matthausen. Y me parecía un hombre bien documentado, de análisis profundos. Pike llevaba años intentando que se publicara en español su trabajo sobre Francia ante la Guerra Civil española.

La misión que me encargó Silvia Ribelles era la de encontrar editor en España para el trabajo de Pike que tenía un título sugestivo: La Galia Dividida. Lo llevé a Ediciones del Viento, y su editor, Eduardo Riestra, dijo enseguida que sí.

Y ya tenemos La Galia Dividida publicada en español. Creo que no es exagerado decir que es un libro fundamental para entender la Guerra Civil. Bien documentado como todos los trabajos de Pike, y muy bien editado como todos los libros de Riestra. No dejen de comprarlo e inmediatamente leerlo.

Lo pueden encontrar en librerías, por supuesto, y también en edicionesdelviento.es

 

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Malandro es el nombre de un grupo encabezado por el compositor y cantante Rubén Municio. Forma parte de una tradición madrileña que tiene algunos interesantes músicos en su historia, como desde luego El Combo Linga, que ha celebrado estos días los 20 años de su formación.

Pero volvamos a Malandro. Rubén, al que conocí cuando apenas contaba quince años, e iba con mi hijo Mario al instituto Fortuny, era un chaval que aparecía detrás de unos enormes ojos negros. Hoy es un hombre hecho y derecho, que resulta que hace muy buena música. Me ha encantado su disco, que tiene un nombre espléndido: “El pasado que te espera”. Sobre todo un tema, “Todas ellas”. Rubén es realmente muy bueno. Voy a regalar a mis amigos ejemplares de su música, antes de que nadie tenga la nefasta idea de dárselos pirateados.

Gracias Rubén, por ser tan bueno y tan listo.malandro

p.d.: os dejo el enlace a un vídeo suyo, también le encontraréis en Facebook y Spotify.

“Franco no traía la paz, sino la victoria sin paliativos”

Contada desde todos los puntos de vista en miles de libros, aún quedan tópicos por aclarar sobre la Guerra Civil desatada en España por el sangriento golpe de Estado del 18 de julio de 1936. Duró apenas tres años, pero fue, de todas las guerras de la época contemporánea, la que más pasiones despertó, algunas todavía en carne viva por la destrucción, las atrocidades y los sufrimientos causados, además de por los abusos de la larga dictadura a la que dio lugar.

Jorge M. Reverte ha dedicado varios libros al tema, desde La batalla del Ebro(Crítica, 2003), hasta El arte de matar (RBA, 2009). Ahora se muestra como un gran estratega militar, de asombrosa meticulosidad en datos y mapas, en De Madrid al Ebro. Las grandes batallas de la guerra civil, que firma para Galaxia Gutenberg con Mario Martínez Zauner.

Para entender tantas batallas, a veces absurdas, Reverte hace una advertencia previa: “La Guerra Civil se explica si se parte de este hecho: ninguno de sus protagonistas sabía con anterioridad que estaba embarcándose en un conflicto de tanta envergadura, para el que no tenían los medios humanos ni financieros necesarios, ni los conocimientos técnicos imprescindibles. La guerra se produce porque fracasa el golpe, que Mola había previsto que sería de una gran violencia. La represión sobre el enemigo tendría por tanto un carácter sistemático en el bando sublevado (el ejemplo más salvaje es el de Badajoz); mientras que en el bando republicano no fue planeada, sino resultado del descontrol por parte del Estado, aunque hubo algunas complicidades gubernamentales (García Oliver) y partidistas (JSU y el movimiento libertario) en Paracuellos del Jarama”.

Se ha escrito que Franco nunca perdió una batalla y que, si no tomó Madrid desde el principio, fue porque no quiso. Reverte desmonta esas afirmaciones. “Franco siempre quiso tomar Madrid. En el libro documentó hasta cinco intentos, incluyendo las ofensivas de Jarama y Guadalajara. También es falso que alargara la guerra para reprimir mejor al enemigo. Franco reprimió igualmente una vez acabada la guerra”. Lo declaró a un periodista estadounidense apenas iniciada la contienda: fusilaría a media España “si fuera necesario para pacificarla”. Mola fue más brutal: “Veo a mi padre en las filas contrarias y lo fusilo”. Reverte concluye el libro preguntándose si había algo que impidiera a Franco proseguir la matanza de españoles “cuando las armas enemigas ya estaban en silencio”. Dice: “Ya no. Franco no traía la paz, sino la victoria. Creo que fue De Gaulle el que definió la diferencia enorme entre la paz y la victoria. Franco escogió la victoria sin paliativos”.

Una poco cristiana Carta colectiva del episcopado español animaba en 1937 a los militares golpistas a exterminar de raíz al enemigo por “ateo y extranjero”. Fue la teoría de la Cruzada, en defensa de la civilización cristiana según gran parte de la jerarquía del catolicismo. Cruzada sí, pero gamada, por los apoyos de Hitler y Mussolini. Afirma Reverte: “La definición de la guerra como cruzada buscaba un impacto simbólico y tuvo grandes propagandistas, como Pemán, que hacía versos celebrando que los bombarderos alemanes e italianos mataran niños en Madrid. Las damas de la alta sociedad sevillana regalaban estampitas de la Virgen a los moros reclutados para matar cristianos. Pero la contribución de Alemania, Italia y de los combatientes marroquíes, sin duda muy importante, no fue decisiva”.

Reverte no descarta culminar este recuento de batallas con una historia de la guerra desde todos los puntos de vista. “En lo estrictamente militar no queda ningún aspecto sustancial por investigar, pero cabe hacer un trabajo de síntesis mayor”, sostiene. En sus anteriores libros ofrece cifras de víctimas y verdugos. También lo hace ahora, con precisión, por ejemplo, sobre el asesinato en 24 horas de 2.000 personas en Badajoz por orden del coronel falangista Yagüe; la orgía de sangre del general Queipo de Llano en Málaga (4.000 muertos) en venganza por las salvajadas de los milicianos que mataron antes a cuantos creían complicados con la sublevación, o el terrible balance de muertos y heridos (casi cien mil) en los combates por una ciudad, Teruel, sin ninguna importancia estratégica.

El recuento de víctimas

El recuento de víctimas en la guerra y represaliados en la posguerra se va cerrando y es solvente, según Reverte. También “las referidas a la Iglesia, que sufrió un auténtico genocidio, sobre todo en Cataluña y Castilla-La Mancha” (6.818 eclesiásticos asesinados, entre ellos 12 obispos). En las batallas murieron 95.000 soldados y la represión en la retaguardia suma 50.000 asesinatos en zona republicana y 94.669 fusilados por los golpistas durante la guerra y la postguerra.

Asociaciones para la recuperación de la memoria histórica completan el listado de asesinados por el franquismo a medida que abren nuevas fosas comunes (133.708 muertos ya). Hay que añadir los civiles fallecidos por los bombardeos (10.000), por hambre o enfermedad en campos de concentración y prisiones (50.000), o los españoles arrojados al exilio. Suman medio millón, sobre un censo que en 1931 ascendía a 23 millones de españoles.

http://cultura.elpais.com/cultura/2016/12/24/actualidad/1482598443_262504.html

 

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La aguerrida periodista se despide en el diario EL PAÍS .

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La balada de Billie Holiday

Campanas en Belfast

El camino iniciado por el Papa de reconciliación con el protestantismo es un modelo a seguir

(Tribuna. El País. 29 de noviembre de 2016)

El papa Francisco, llamado en la intimidad Jorge Mario Bergoglio, está empeñado en hacer auténticas reformas en el funcionamiento de la Iglesia católica. Lo que está por ver aún es que la sociedad a la que se dirige responda a sus grandes apuestas.

Primero ha sido la condena seria, no solo cosmética, de una práctica enormemente extendida dentro de los muros de las iglesias: la pederastia, el abuso contra los menores, que fue una de las cosas más condenadas por Cristo. Y, si no, recuerden su más bárbaro anuncio de la piedra de molino atada al cuello de los que escandalizaren a un niño. La espléndida película Spotlight da cuenta de la eficacia con la que se ha encubierto durante años esa práctica nefasta.

Un crimen que solo se podía producir en la Iglesia católica, que incluye entre los poderes de su jerarquía el de perdonar las “flaquezas” terrenales, cuando se trata muchas veces de crímenes.

Lutero condenó esta práctica del perdón abusivo en 1516 y esa fue una de las razones por las que León X empezó una guerra que ha sido casi eterna y ha afectado a toda la cristiandad. Bergoglio se ha metido en ese avispero, yendo a Suecia, a las festividades que han comenzado en la catedral de Lund para celebrar el 500º aniversario de la Reforma luterana.

La visita del Papa tiene una trascendencia enorme, que me parece que no ha sido lo bastante valorada ni por los católicos ni por el resto de los cristianos. En mi barrio, donde un psicópata controla las campanas de la iglesia de San Ildefonso, que hace sonar enloquecidas con el menor motivo, no ha habido un solo toque que celebre una fecha tan señalada, la que marca el día en que un Papa dejó en evidencia a un antecesor en el cargo, que inició una sanguinaria historia de asesinatos, quemas en la plaza pública, mutilaciones, torturas y una larga serie de atrocidades con el fin de proteger la corrupción y las prebendas que anidaban en la Santa Sede.

El párroco de San Ildefonso no es peor que una gran parte de la jerarquía eclesiástica de Irlanda. Allí las campanas no han intentado, con su tañido insolente, acabar con el odio, con los muros que lo encarnan. Católicos y protestantes se pueden seguir odiando en Belfast, cuando lo lógico sería pensar que deberían estar abrazándose por todas las esquinas y tirando juntos los muros que dividen la ciudad, para “dar seguridad a los vecinos”.

Bergoglio ha empezado, mejor dicho, ha recomenzado un camino ya iniciado por Juan XXIII, que era otra buena persona, y truncado por varios fundamentalistas, el último llamado Benedicto XVI. Ese camino lleva al final de una guerra civil que ha desangrado Europa durante siglos. Y en Irlanda, donde la confrontación se disfrazó de política, y llegó a su mayor cota de odio, no parece que se haya producido el efecto que el gesto del Papa merece que le ofrezcan. Los católicos, los papistas, por haber recibido el mensaje de que deben perdonar, y los protestantes, porque han recibido un gran mensaje de reconstrucción y generosidad. Los dos bandos podrían ahora reiniciar un camino que les permitiera ir juntos a Europa para discutir si Apple debe o no pagar impuestos. Preocuparse juntos por Europa, imaginando que el Brexit es solo cosa de ingleses.

Bromas aparte, Belfast no es mal sitio para que el papa Francisco prosiga su particular campaña para pacificar Europa definitivamente. España, que fue la campeona de la Contrarreforma, saldría beneficiada de una cruzada así. El PNV, por ejemplo, podría eliminar de su historia la pretensión de que el Papa ocupara la jefatura de un aranista Estado euskaldún.

Porque el engendro que el catolicismo ha formado en tantos siglos con el jefe fuera de control terrenal ha ido llenando de disparates el desván de la historia: es cierto que la práctica de quemar herejes en las plazas se acabó por fortuna hace tiempo, pero también es cierto que un Papa superdotado con los poderes incontestables de la infalibilidad, como Pío IX, declaró a María virgen eterna, y los católicos tienen que tragárselo.

Bergoglio ha emprendido una senda cuyos fines son admirables y sus resultados aún parecen inciertos. Empezar por reconocer que Lutero, el antes declarado mayor hereje de la historia, era un persona decente, no está mal.

Luego viene Trump. Cuando suenen las campanas en Belfast.

Jorge M. Reverte es escritor y periodista.

http://elpais.com/elpais/2016/11/21/opinion/1479729453_853766.html