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Archive for 17/10/16

Hacer la presentación de un libro de Alfonso Corominas exige, en mi caso, tomar algunas precauciones.

La primera es intentar olvidar que Alfonso es amigo mío, como él ha hecho conmigo, porque pedirme que haga esta presentación supone que no considera que nuestra amistad sea algo importante. Porque me cuesta mucho hacerla, y él lo sabe. Entonces, ¿por qué me somete a esa prueba?

portada_berlin_effi_briest

En segundo lugar, aunque muy relacionada con la anterior, se trata de saber o de decidir,  mejor dicho,  de qué estamos hablando, de un escritor ciego o de un ciego que escribe. La verdad es que no hace falta más que leer unas páginas de Alfonso para saber, sin riesgo de error, que estamos ante un escritor que es ciego, como sabemos también que es un culé ciego. Es más, estamos ante un muy buen escritor ciego, o sea, que lo de ciego nos importa un carajo. Como le dijo una vez un taxista que quería ser políticamente correcto, Alfonso es un muy buen escritor “evidente”. Y el pobre señor, que hablaba con tanta falta de tino como buena intención, acertó, porque es una evidencia lo de la calidad de su escritura. Tema zanjado.

Pero había que hacerlo porque yo tengo alguna responsabilidad en que estemos  aquí.

Todo escritor desea que sus libros se publiquen, porque la escritura se inventó para comunicarse.  Y Alfonso no es ninguna excepción. Un día pasó por delante de mi puerta una oportunidad, y paré el coche donde viajaba. Y resultó que era buena la oportunidad. Le di el texto de Alfonso sobre su viaje a Granada con Pilar, y a la oportunidad le gustó, y por ello publicó el libro. La obra buena ya estaba hecha, y mi amigo ciego publicó un libro como si fuera un evidente.

Pero pasó el tiempo y Alfonso siguió escribiendo, con la mala suerte para los amigos de que cada vez lo hacía mejor y le dedicaba más tiempo y, por tanto, más páginas. Un día nos contó a Mercedes y a mi el proyecto del que  ahora todos tenemos una parte en las manos. Es una obra magna. Ni más ni menos que una gran historia literaria del adulterio femenino moderno en la literatura europea de finales del XIX y principios del XX.

Madame Bovary y su París, Effi Briest y Berlín, Anna Karenina y San Petersburgo, Ana Ozores y el monumental Oviedo y Luisa y Lisboa.

Cada una de las ciudades (con permiso de Oviedo) y cada una de las mujeres que desfilan por ellas nos podrían llevar una vida entera con sus cuitas, que son mucho más contemporáneas de lo que creíamos.

Y Alfonso las recorre todas andando, pausadamente, del brazo de Pilar.  Es obligado ahora decir que Pilar no es ni un lazarillo ni un pretexto. Pilar, y ya estamos entrando en la esencia literaria del libro, es un elemento clave en el estilo con el que Alfonso acomete su trabajo. Porque Pilar es el eco, la respuesta a muchas de las preguntas que el autor se hace a lo largo de las páginas del libro, y es un referente ético para el autor.  Cuantas dudas le surgen hallan su respuesta en los silencios o las  reflexiones comprensivas unas veces, airadas otras, suaves siempre, de Pilar, que se convierte, bueno, más su imagen literaria que ella, en una parte sustancial de cómo se escribe este ensayo-viaje-novela.

Sustancial digo, y no exagero, porque concierne al punto de vista, lo que en un autor cualquiera, y mucho más en un autor tan cuidadoso como es Alfonso, es algo sustancial. Alfonso es narrador omnisciente, pero al mismo tiempo es actor en el libro,  él pasea, lee, escucha, juzga,  y  nos larga su opinión que sólo contrasta, hasta ahí podíamos llegar, cuando el asunto le favorece. Alfonso es el único que se ha leído todo aquello de lo que nos habla. Deja un poco para Pilar, pero se guarda para sí mismo lo que todos los escritores hacen. Y Pilar, ya lo sabemos todos, es un personaje literario más de Alfonso. No nos consta su existencia real, sólo sus opiniones, que en el mejor de los casos están filtradas por el autor. El punto de vista del autor, es pues, múltiple, lo que tiene consecuencias narrativas pero también morales.

Effi tiene casi más consistencia con Alfonso que con Theodor Fontan. Es un personaje tan desvalido que los lectores nos ponemos absolutamente de su parte, tomamos esa opción moral, pastoreados, como es natural, por el escritor. Y es en muchos tramos de la narración un personaje caprichoso e imbécil, que se merece en ocasiones su mediocre y triste destino. Pero, en su momento nos llega a enamorar, nuevamente porque Alfonso ha tenido a bien que eso pase.

Y a mi, me sucede lo que al autor,  que me gusta más Effi cuando Alfonso quiere que eso me ocurra que la Effi pensada por el autor original.

El triste final de la novela que le lleva a Alfonso a patearse Berlín junto a la complaciente y lista Pilar,  se antoja inevitable, una vez que se conoce a todos los personajes en liza.

Hay otra dimensión en el libro que es inestimable, y es la maravillosa descripción de Berlín y sus alrededores. A mi me habría encantado ir junto a Pilar y Alfonso a buscar un taxi por Postdam. Y aquí no sólo es importante la documentación que los dos paseantes han reunido, sino el extraordinario sentido de las proporciones y de la calidad de los materiales que tiene Corominas. Por ejemplo, al margen de sus descripciones sacadas de un libro y de la ayuda de Pilar,  hay sorprendentes incursiones del autor que delatan un, espero que no sea demasiado tópico, sexto sentido que le da al lector la idea del espacio que está siendo hollado por sus zapatos.

Gracias a Corominas he conocido a Effi Briest y un Berlín que existe ahora y otro que existió hace cien años. También a una mujer que adulteraba cuando no se sabía lo que era eso.

Lo sabremos muy bien cuando Alfonso ayude a Madame Bovary, a Ana Ozores y las otras a contarnos su aventura.

Gracias, Alfonso, y espero que tú me agradezcas que te haya dado la oportunidad de escuchar esta lectura única de Luz rodríguez en Oviedo.

No ha podido venir George Steiner para hacer algunas frases memorables. Confórmense ustedes con lo que tienen.

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