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Archive for 28 septiembre 2015

Si usted el día 9 de septiembre del año pasado estuviera caminando por el barrio de Malasaña de Madrid podría haber visto un grupo de yonkis y mendigos alcohólicos. Entre ellos estaba sentado, con una bolsa de tomates, un hombre guapo, de ojos azules, que balbuceaba algo incomprensible a los peatones que apuraban el paso. Era mi amigo Jorge Martínez Reverte, y estaba sufriendo un ictus. Solo cuando uno de los mendigos acertó a decir: «Háganle caso, hombre, que no es de los nuestros», un vecino lo atendió, lo sentó en la terraza de un bar y le dio una Coca-Cola. Un rato después llegaban su hijo y la ambulancia. Durante los primeros días de la uci estuvo jugando a Pinto y Valdemoro con la muerte. Y al final, para alivio de sus numerosos amigos y de su familia, decidió quedarse. Hoy en su cuerpo tiene un brazo y una pierna catalanas, es decir, independientes, que sus médicas -porque Jorge tiene tendencia a rodearse de mujeres- estimulan con entusiasmo para que regresen a la madre patria. Y al mismo tiempo, su habla es dificultosa, lo que, para alguien que tiene tanto que decir, es un serio inconveniente. Por eso Jorge ha decidido, con la rubia que está casada con él, escribir un libro y contar por extenso lo que yo les cuento. Su libro se titula -cómo no- Inútilmente guapo y en él habla de sí mismo, que es lo mismo que hablar de usted y de mí. Un libro duro pero lleno de sentido del humor, porque, como dice su hermano Javier, si te ríes de ti mismo tienes tema de risa para toda la vida.

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 Tan útil, tan guapo.

Jorge Martínez Reverte es un provocador. Eso lo saben muy bien quienes le conocen en la textura carnal de su persona o en la turgente realidad de sus libros, ya sean de ficción o de crónica de la realidad, de ayer o de hoy. Valiente fue cuando abrió la saga de Julio Gálvez con una primera novela, publicada en 1979, que indagaba un escándalo financiero del tardofranquismo de 1973, valiente cuando contracorriente sacaba pecho constitucional frente a los asesinos de ETA, valiente cuando se puso a recontar la Historia, y no cualquiera, sino aquella que Gil de Biedma aseguraba que era la más triste porque termina mal, la de España, la de la Guerra Civil y la derrota de la República que nos hubiera ahorrado cuarenta años de dictadura, de atraso, de vergüenza. Valiente en opiniones, acciones y confesiones. Un kamikaze de la palabra, en suma.

Es un sastrecillo valiente pero también es un hiperactivo. Como dice una enseñante, hoy concejala de Mairena del Aljarafe, a Jorge lo pilla hoy un claustro escolar y lo medica de puro síntoma de Asperger, porque no para quieto y haría estallar cualquier molde de la psicología evolutiva. Ha escrito tanto y de tanto que precisamente esa pasión, ese deseo irrefrenable de contar, es lo que le mantiene vivo y currante después del ictus devastador que sufrió en septiembre del año pasado. Ser periodista, y lo pensaba también de otro fenómeno natural (tiembla ciclogénesis) que es Maruja Torres, es una actitud, una curiosidad inagotable y una pulsión por narrarlo todo: desde la caída de Barcelona, la del 39 me refiero, a la huelga asturiana del 62, a la propia y personal experiencia con una enfermedad que lo arrasó entero: a todo menos a su cabeza y a su sentido del humor, bendito sea.

Mi batalla contra el ictus, que es como se subtitula, es la crónica de una contienda que al autor no le da la gana dar por perdida. Y no es solo eso, que ya es mucho: es el relato de quien con kilómetros de ingenio, y muchísima gracia, tiene la facultad de contar algo tan personal, íntimo y hasta desolador sin dejar de mirar a los demás. Desde los vagabundos que lo vieron desplomarse, a las maneras del personal sanitario, alguno cruelmente tratado como parece merecer, hasta los amigos, alguno más que notable y muchos conocidos, sus admirables mujer Mercedes y su hijo Mario, o esa tropa de hermanos y cuñados, entre ellos otro escritor que le sirve de prologuista Javier Reverte, un hermano, hermano, o sea de los que uno quiere tanto que se pelea con soltura. ¿Puede ser divertido el relato de una enfermedad que obliga a aprender a respirar, a tragar, a hablar, a mirar, a andar? Pues sí. Cierra la lectora la última página y se siente eufórica a no ser que sea nacionalista, que ni seriamente impedido olvida Martínez sus pérfidas obsesiones.

Ahora bien, si el autor supiera que Inútilmente guapo (los que quieran saber a qué ese título pasen por caja, please) está colocado junto a los libros de autoayuda en una famosa cadena de librerías, ardería de ira. Para que sirva de advertencia: si está usted pacíficamente hojeando, por ejemplo, los últimos poemas de Braulio Ortiz, y aparece un guapísimo señor, cano, de ojos azules, armado de una silla, farfullando en arameo y dando mandobles con un bastón de aluminio, es él. La penúltima batalla de este Quijote al que es imposible no amar. Cuando lo lean, me dicen.

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Reverte vive para contarlo

El escritor y periodista, autor de la serie sobre Gálvez y ´La batalla del Ebro´, relata en ´Inútilmente guapo´ cómo ha esquivado la muerte tras el ictus que sufrió hace un año

Isabel Bugallal | A Coruña 

Jorge M. Reverte, hace un mes, en su casa de la sierra madrileña.

 Hace un año, Jorge M. Reverte sufrió un ictus que lo dejó maltrecho. Pero, tras ver muy de cerca la muerte, decidió que valía la pena seguir en este mundo y disfrutar de ciertos placeres. Cómo iba a privarse de lo que más le gustaba, la escritura y el vino. Tenía que vivir, y debía vivir para contarlo. Y eso es lo que hace en Inútilmente guapo. Mi batalla contra el ictus (La esfera de los libros), la crónica de su propio drama, donde relata las consecuencias de lo ocurrido aquel maldito 9 de septiembre y da cuenta del “balance de daños”.

Visión doble, serias dificultades para hablar o comer y el brazo y la pierna derecha sin músculo ni movimiento. “Así contado, no parece tanta cosa”, dice el escritor y periodista. “Pero a mí me parece demasiado para mis méritos”. “Estoy hecho un asco”. “Aún así, mi mujer y algunas amigas dicen que estoy muy guapo”.

“Yo he encontrado una respuesta de la que me siento orgulloso: Inútilmente guapo”. Así explica Jorge M. Reverte (Madrid, 1948) el título del libro, una narración lúcida, llena de humor y de valentía de su experiencia. Y, por qué no decirlo, muy amena, a pesar de la crudeza.

El libro no es sólo el relato de cómo fue librando esta guerra a pecho descubierto desde su ingreso en urgencias del hospital Clínico de Madrid, sino también un canto a la amistad. Por sus páginas discurren los nombres de decenas de amigos y de los miembros del personal sanitario que lo ha atendido -y lo sigue cuidando-. Porque Inútilmente guapo es también un homenaje a la sanidad pública española, que le ha salvado, y un reconocimiento a las llamadas Mareas blancas y al doctor Montes, presidente de la Asociación Derecho a Morir Dignamente, otrora vituperado por el Gobierno de Esperanza Aguirre por las sedaciones terminales en el hospital de Leganés.

Autor de la saga del periodista Gálvez y de libros como La batalla del Ebro, Reverte ya había publicado en El País, periódico del que es columnista, un largo reportaje sobre su ictus, que es el germen de este libro. También había reivindicado del derecho a una muerte digna en otro reportaje que le valió el Premio Ortega y Gasset de periodismo en 2008, en el que narraba los últimos días de su madre, aquejada de cáncer, y cómo los hijos le procuraron un tránsito menos terrible cuando ya no había nada que hacer.

Dice que va soportando el trance gracias a su sentido del humor. Y es cierto. De lo cual dan crédito algunos los capítulos en los que se divide el libro: Elogio de la Thermomix, Libros por huevos, Las medias de la vecina, Gafas de quitar espinillas, El espesante y el propio título del libro.

El humor, y los amigos, que hace un par de días rebosaban la librería madrileña Tipos Infames, en su barrio de Malasaña. El doctor Montes, el neurocientífico Esteban García-Albea y su hermano Javier Reverte, conocido autor de libros de viajes y que también se vio al borde de la muerte en una de sus aventuras, presentaron el volumen.

Pero este libro, y la victoria de la superviviencia, es en gran medida fruto del amor, el tesón y la gran capacidad de aprendizaje y adaptación a la nueva vida de su mujer, la periodista Mercedes Fonseca, y de su hijo Mario.

A pesar de su trabajo, Mercedes apenas le deja un momento solo. Le da mimo, comidas de Thermomix y es la colaboradora indispensable para hacer llegar al papel impreso lo que escribe Jorge, que continúa publicando artículos todas las semanas.

Escribir y el vino. Jorge quiso seguir viviendo para disfrutar de ambas cosas. Lo de escribir ha quedado sobradamente acreditado y lo del vino lo pueden comprobar sus amigos, cuando Mercedes le echa el inevitable espesante en la copa. Porque Jorge sostiene que es mucho mejor beber un Vega Sicilia con espesante que no beber, cosa en la que le apoya el dueño de El Cocinillas, el restaurante cercano a su casa al que no renuncia ir a tomar unas carrilleras pasadas por la Turmix.

Descubrió también que podía seguir tomando algún cóctel que otro: “Fue una maravilla descubrir el Bloody Mary. Gracias a la textura de cualquier jugo de tomate todos los enfermos de inundaciones o sequías cerebrales pueden seguir con su alcoholismo con tranquilidad”.

“Hice una reunión de neurólogos, presidida por mi amigo Esteban García-Alea. Y les conminé a que me dijeran qué problema había con beber y padecer esta salvajada. No salió ninguno”, se reconforta Jorge en el libro, y añade: “Aún no sé cómo aguantaría un gin-tonic la cosa del espesante”. Tiene, pues, ese reto pendiente, porque quiere creer que “en principio, el ictus y el alcohol se ignoran mutuamente”.

Inútilmente guapo es, como dice el propio autor, una investigación de la muerte llevada a cabo por un enviado especial al más allá: “¡Es que soy periodista!”, le decía, siempre irónico, a su colega Juan Cruz .

Sabía que estaba ante la muerte. “Se dejaba uno llevar y ya está, no había vuelta”, rememora Reverte, “todo era muy fluido”: “Y en un momento dado, eso sí, se me planteó decidir si seguía adelante o me quedaba en este mundo”.

“Es verdad -narra- que lo de optar por morirse o no es absolutamente decisivo. Si a uno le pegan un tiro en la cabeza, imagino que no tiene capacidad decisoria. Pero la muerte que a mí se me ofrecía tenía mucho que ver con la voluntad”. “Y decidí vivir. Las sonrisas de Mercedes y de Mario, las de mis hermanos y amigos, tuvieron mucho que ver. Seguro”.

Enlace a la entrevista original. http://www.laopinioncoruna.es/contraportada/2015/09/18/reverte-vive-contarlo/995752.html

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Presentación del libro

Ayer, en la librería Tipos Infames, presentando inútilmente guapo.

De derecha a izquierda el Doctor Luis Montes, Javier Reverte, Esteban García-Albea y un servidor.

  

  

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“Sin el humor yo no habría salido adelante”

El escritor y periodista escribe sobre el otro lado de la vida en su nuevo libro

JUAN CRUZ.  Madrid 9 SEP 2015.

Jorge Martínez Reverte, autor de ‘Inútilmente guapo’, fotografiado en su casa de Madrid. / BERNARDO PÉREZ

Este hombre ha sufrido un ictus, ha estado en el otro lado de la vida y lo cuenta como un superviviente que no ha perdido ni la ilusión ni las palabras.

Es Jorge Martínez Reverte, nació en Madrid en 1948 y hace un año recibió la amarga visita del peligro final. Ahora publica Inútilmente guapo. Mi batalla contra el ictus (La Esfera de los Libros). Sigue siendo Jorge, el escritor que inventó al personaje Gálvez de sus novelas negras de acción y de humor, y el Reverte que ha narrado el avatar español en libros como La batalla de Madrid o La batalla del Ebro. Es, también, el periodista Jorge M. Reverte que escribió Perro come perro y que escribe las columnas que se leen en EL PAÍS, donde publicó el texto que da origen a este libro.

A esta hora de la tarde, en su casa de la plaza de San Ildefonso, es todos esos a la vez. De broma dice que sigue siendo “el mismo broncas”, pero como ni él mismo se lo cree añade luego: “Pero buena persona”. Con él, su mujer (“la novia de Reverte”, como la llama él, Mercedes Fonseca) y su hijo Mario, sus ángeles desde el día en que sufrió el ictus. Si la risa tiene un sitio es en esta casa, cuando él comienza a hablar de este drama que ha contado con el sentido del humor que crece en toda su escritura y que a él lo ha salvado.

Pregunta. Usted va en una ambulancia, hacia el Clínico. Y describe todos los edificios que ve. ¿Cómo puede usted, en medio de ese drama, mirar tanto?

Respuesta. Es que no había otra cosa que hacer. Era un mundo absurdo: estaba tumbado en un coche, sólo veía trozos de cielo y balcones. Todo era absurdo y yo tenía un ictus.

P. Era como el Quijote, esos edificios le parecerían molinos gigantes.

R. Qué va. Sólo que no me tomaba en cuenta el conductor. Quería fijar la vista, pero él no hacía caso. No sabe lo que quiero, así que va a toda velocidad. Era ilógico, todo era ilógico.

P. ¿Qué hay de lógico?

R. Yo intentaba que hubiera algo lógico. Iba hacia el camino de la recuperación, pero al mismo tiempo pensaba que estaba gastando demasiado tiempo para la poca vida que me quedaba… Hice una broma con los médicos: ¡a ver si me curo antes de morirme!

P. ¿Y qué decían los médicos?

R. Tuve con ellos una experiencia muy positiva. Todo el personal sanitario: en las situaciones peores me ayudaron a mantenerme… En mi libro hablo de los logros de la democracia en este país. Ahí hay un logro: esta gente bien formada, técnicamente, humanamente.

P. ¿Qué aprendió que no supiera, Jorge?

R. He aprendido a querer más a las personas de las que estoy rodeado; y ahora, cada vez que veo que alguien lo pasa mal, considero que esa persona debe ser juzgada con más benevolencia. ¡Y no es que sea más bueno yo, eh!

P. Es la crónica de su propio drama; pero usted lo cuenta como si fuera un enviado especial a otra historia…

R. ¡Es que soy un periodista! Aunque parezca algo grandilocuente, parece que he investigado la vida. Pero, aunque parezca más grandilocuente aún: he investigado la muerte.

P. En cada caso, con humor.

R. El germen de la vida es el humor. Sin humor yo no habría salido adelante.

P. Humor, y valor.

R. No sabes que lo tienes: el valor te lo adjudican… Ahora soy, como decía, un broncas con unas enorme ganas de vivir. Pero sin miedo a la muerte. Mucho menos que antes.

P. Aquí está la vida. ¿La realidad es una pesadilla?

R. Me la tomo con más mala leche.

P. ¿Cómo ve, desde esa perspectiva, uno de los temas que trata, el de la posibilidad de que Cataluña se separe de España?

Cada vez soy menos dramático y menos solemne, y estoy más con la vida

R. A los catalanes independentistas los veo como a los locos de la Irlanda de 1916. Europa no los va a dejar ser héroes. Pobrecitos.

P. ¿Y cómo ve el país que nos ampara?

R. Es un país con algunas virtudes. Por ejemplo, está empezando a dar la talla con los inmigrantes. Europa es mejor que todos nosotros… Vemos atisbos de insolidaridad: los húngaros se comportan como policías nazis, pero los bávaros están dando de comer a los niños en las estaciones de tren. ¡Y pensábamos que los nazis eran los bávaros!

P. Ha sufrido una grave dolencia. La cuenta con un ritmo frenético. ¿Cómo ha preservado ese tono?

R. Estás harto de ti mismo y descubres una cosa de la que no te acordabas. Recordé que lo que más me gusta después del vino es leer y escribir. Y me puse a escribir, con ese ritmo. Cuando estaba peor sólo pensaba en cómo escribir. ¡Ya leí más de lo que puedo digerir, a lo largo de mi vida! Pero necesitaba escribir. Había leído a Oliver Sacks, antes de este episodio que he padecido, y a Christopher Hitchens, que como yo han escrito sobre este vértigo. Escribieron como yo: para valorar la vida, también en sus términos más escatológicos: comer, beber, amar. Y ves que esos hombres, Sacks, Hitchens, hicieron eso. Y estás seguro de que eso les ha servido para ser felices. O un poco más felices.

P. ¿De qué se ríe ahora?

R. De mí mismo, sobre todo de mí mismo. Cada vez soy menos dramático o solemne. Cada vez estoy más con la vida. Eso te permite reírte de todo. Por eso me atrevo a poner ese título. Inútilmente guapo.

P. ¿Es inútilmente guapo?

R. ¡Soy guapo, ja ja!… Sí, eso me decían cuando me venían a ver: “Estás guapo”. Y yo les decía: “Inútilmente guapo…”. Este libro me ha hecho buscar cómplices. Más que ningún otro. Y el libro mismo es un cómplice. El proceso de hacerlo, de veras, ha sido fundamental para poder vivir.

 

Link a la entrevista en el diario. http://cultura.elpais.com/cultura/2015/09/08/actualidad/1441731134_707610.html

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Inútilmente guapo…

  

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