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Archive for 2/04/14

Un relato de regalo

Mi amigo Jesús Egido, esforzado y buen editor, me invitó hace un tiempo a participar en una antología de relatos criminales. A mi eso de lo criminal se me da regular, y acabé escribiendo un crimen rural. La edición del libro la hizo Pedro Tejada, un buen conocedor de la literatura negra y estupendo crítico literario. Incluyó en el ejemplar algo así como veinticuatro historias, y en el prólogo hablaba de jóvenes autores, o sea, que se olvidó de que yo estaba allí. Pelillos a la mar.

Como ya han pasado varios meses, considero que el relato de mi cosecha puede ser utilizado para hacer un regalo a quienes se toman la molestia de seguir mi blog. Ahí va:

 

 

               LA MUERTE DE RUFINA

 

                     Jorge M. Reverte

 

     Rufina Grueso hacía honor a su apellido casi por todos los costados. A sus carnes generosas, que servían para que muchos de los habitantes de su pueblo, una localidad que es poco más que una aldea de la sierra madrileña, hicieran chistes facilones, unía Rufina un vocabulario soez pero de sorprendente riqueza. No escatimaba el uso de la expresión “y una polla”, por ejemplo, para negarse a cualquier proposición. Cuando la negativa era más rotunda, le añadía la coletilla de “como una olla”.

     Pero la apariencia moral e intelectual de Rufina, para la sorpresa de los pocos que conocían más o menos a fondo sus pasiones o sus inclinaciones culturales, era engañosa. Su imagen pública, que ella vendía con fruición, de dependienta de carnicería de expresión descarnada y salvaje, era muy distinta de la refinada realidad en la que procuraba que se desenvolviera algún que otro aspecto de su vida privada. Eso fue lo que llevó a Rufina a la tumba.

     Porque Rufina era una perversa refinada. Leía a autores japoneses con deleite. Sobre todo a los más retorcidos. Uno de ellos era Yasunari Kawabata; otro, Yukio Mishima. A escondidas, Rufina acudía de mucho en mucho, a la capital para hacerse con las traducciones de las obras de estos y otros autores nipones, a los que leía con una concentrada atención que no admitía la menor intromisión externa. Más que leerlos, los releía, una y otra vez, dejándose llevar a estados de hipersensibilidad, siempre con una botella de anís del Mono colocada cerca del diván donde reposaba sus carnes para escrutar cómodamente las páginas de los libros.

     Eso, al principio. Su afición desatada a la lectura, que la inflamaba de deseo sexual, desembocó un día en el inevitable paso a la acción.

     Rufina no era una ignorante en los afanes de la lujuria. Se había estrenado hacía muchos años con un joven de su edad, que entonces era la de dieciocho, en un garaje del pueblo con un gañán algo pretencioso que había perdido la cabeza por ella y por el exceso de cubatas en mitad de las fiestas patronales. Los excesos lujuriosos estuvieron apadrinados por el Cristo de los cuchillos, una delicada santería que tenía su imagen torturada expuesta en la ermita de las afueras.

     Aquello fue solo el inicio de una larga serie de pérdidas de cabeza que le dieron justa fama de putón en toda la sierra. A ella, eso le daba lo mismo, porque no estaba en su cabeza lo de alcanzar la estabilidad amorosa con nadie. Cuando a Rufina le venía el apretón, se lo hacía con el primero que le viniera en gana con el único pero innegociable requisito de que quedara claro que ella había sido quien había decidido que se produjera el ayuntamiento carnal.

     Lo decía con énfasis, señalando con el índice al elegido:

     -Follamos porque a mi me da la gana.

     Y a esa inequívoca frase le solía añadir una coletilla algo incongruente que pretendía reafirmar lo expresado: “porque me sale a mí de los cojones”.

     Ni que decirse tendría que esos episodios solían ser de rápida evolución y venían precedidos de prólogos ligeros y olvidables. Al roce discreto del varón, si a Rufina se le ponía en la voluntad, le seguía un agarramiento no siempre discreto del paquete del hombre que ya tenía pocas opciones. Y si el tamaño y la respuesta le parecían adecuados, Rufina se lo llevaba adonde a ella le saliera de los cojones y allí lo despachaba en pocos minutos. Después, un leve cachetito en las nalgas del favorecido por la suerte anunciaba que la cosa se había acabado.

   Eso cambió un día por culpa del escultor. Un alemán extraño que solo salía de casa para hacer la compra diaria y, en otoño, a buscar setas en el monte. En el pueblo se le miraba con admiración. Nadie había visto ni una sola de sus obras, pero todos afirmaban con seriedad que era muy bueno en su oficio. Se lo decían a los forasteros cuando les narraban, como es debido, las excelencias del pueblo y sus habitantes, ocasionales o fijos de plantilla.

     Un día, Rufina acudió a la casa del teutón para entregarle el medio kilo de carne picada que este le había solicitado en una apresurada interrupción de su paseo matinal. El alemán se estaba duchando y le abrió la puerta a Rufina envuelto en una escueta toalla que cubría apenas sus partes pudendas. Rufina experimentó un súbito asalto de adrenalina que no solo le humedeció los bajos sino que aflojó los pocos frenos de emergencia que amortiguaban sus arrebatos. De modo que le soltó la toalla al escultor, dejando caer el paquete de mitad ternera y mitad cerdo al suelo, y le empujó hasta el sofá que ocupaba una buena parte del salón de la casa.

     Allí, sobre el pegajoso escay, se ventiló al hombre en un plis-plas, sin molestarse en quitarse otra cosa que las bragas que, todo hay que decirlo, llevaba siempre limpias, siguiendo los consejos recibidos de su madre hacía muchos años, aunque la madre se los daba pensando en una posible urgencia hospitalaria en lugar de una urgencia, como era el caso, que atentaba contra el sexto mandamiento.

     El contrincante, sorprendido tanto por la violencia del asalto como de haber sufrido una erección involuntaria en semejantes condiciones, tuvo que aguantar no solo los ataques de Rufina sino también los feroces y redundantes mensajes que ella le fue mandando a voces mientras se lo ventilaba:

     -¡Tó pa mí, eres tó pa mí! –le gritaba mientras cabalgaban sus nalgas sobre las piernas más bien delgadas del improvisado sujeto pasivo.

     El alemán no supo nunca traducir a su lengua la expresión “topamí” porque, como es natural, jamás se atrevió a preguntar su significado a nadie del pueblo.

     Pero las tornas se volvieron enseguida. Rufina se dejó caer exhausta al costado del no menos exhausto hombre, y él comenzó a acariciarle el cabello con suavidad y a engatusarla con un verbo convincente y tranquilizador:

     -Tranquila, ahora lo vamos a hacer de otra forma. ¿Cómo te llamas?

     Rufina se dio cuenta de que nadie antes le había preguntado por su nombre después de que ella se lo tirara, y eso le produjo un poderoso subidón de ternura, cosa en la que no estaba ducha en absoluto. Una sensación novísima que la embargó durante el tiempo suficiente para que su partenaire tomara la iniciativa.

     El dueño de la casa la tomó de la mano y la indujo a levantarse. No la llevó en brazos porque su masa muscular no daba para tanto, ya que Rufina debía de rondar los ochenta kilos en canal. Pero la condujo con una delicadeza que dejó para siempre un ahonda huella en su alma.

     Sobre la anchísima cama propia de un soltero golfo, Hugo, que así se llamaba el protagonista de la aventura, la ayudó a desnudarse muy despacio y a lo largo de más de una hora, se aplicó a acariciar cada rinconcito de su cuerpazo hasta que la puso a cien.

     Y ahí se paró. Le dio un beso aterciopelado en sus labios de cereza y anunció la despedida:

     -Mañana vuelves. Hoy te vas a pasar el día pensando en cada una de las caricias que te he dado. Las tienes que recordar una a una, sin distraerte, sin mezclarlas.

     Cuando se hizo, tiempo después, la reconstrucción de los hechos algunos vecinos del pueblo recordaron que Rufina cambió su manera de tratar la carne al despacharla. En lugar de los golpetones y tajos salvajes que daba antes a las chuletas de cordero o los cortes de roast beef, acariciaba los pedazos como si se tratara de bueyes de Kobe vivos.

     El siguiente día, Hugo recibió a Rufina vestido con su bata de escultor. Hizo que se desnudara y la colocó sobre un pedestal. Ni siquiera la tocó. Solo la miraba. Y Rufina se derretía, sometida al poder de esos ojos que a veces se cubrían con gafas de ver de cerca cuando se aproximaban a escrutar una pequeña parte de su anatomía.

     Casi no se atrevió a hablar durante la prolongada sesión. Su entrepierna nadaba en jugosos humores, y sus pechos se enderezaban como si se hubieran metido en el agua del Cantábrico un mes de enero.

     Cuando Hugo decidió que la cosa había llegado a su fin. La despidió con un casi inaudible “hasta mañana” y le entregó un libro con las cubiertas protegidas por un transparente papel de seda.

     -Una vez lo hayas acabado, vuelves.

     Ella, estremecida, no encontró otra manera de despedirse que una palabra pronunciada a trompicones debido a la emoción:

     -¡Guarro!

     No pudo dormir esa noche. Rufina comenzó el libro con la pereza propia de quien no ha abordado jamás esa tarea, pero con la pasión del aprendiz que piensa que ha encontrado un sentido a su vida.

     Era la historia de un viejo que iba a un burdel a tumbarse al lado de adolescentes dormidas, a las que no tocaba. Se conformaba con mirarlas. El autor se llamaba Kawabata. Y a Rufina la ponía caliente imaginarse que ella era la adolescente a la que el tío miraba y miraba durante horas.

     El alemán la hizo acostarse al día siguiente, sobre la cama sin cobertores, y la tuvo una hora con los párpados cerrados, haciendo que sintiera cómo su mirada la recorría, que supiera en cada momento donde se posaban sus ojos. A veces le delataba el aliento cercano y algo alterado. Y ella disfrutaba de su cuerpo como nunca lo había hecho antes. Y abría sus nalgas para que los ojos azules y algo acuosos de su maestro pudieran escrutar el más recóndito de sus orificios.

     Así la tuvo una semana. Ella se pasaba las noches soñando con el encuentro del día siguiente, o leyendo una y otra vez las mismas páginas sobre el perverso anciano.

     Luego, el alemán desapareció. Sin despedirse. Rufina acudió a su casa para recibir la ración de miradas guarras y se topó con una cartel de “se alquila” y el teléfono de una agencia inmobiliaria. Llamó, pero nadie le dio razón sobre su paradero.

     La llantina, que tenía que ser secreta para evitar los cotilleos del pueblo, le duró otra semana más. Para que nadie la malinterpretara, o sea, para que nadie la interpretara de forma atinada, puso unas cebollas sobre el mostrador y le decía a quien quisiera oír sus disculpas que las cebollas le hacían llorar, pero que eso era bueno para sus ojos, que los tenía un poco secos según el oftalmólogo.

     A partir de aquello, su vida se convirtió en un auténtico infierno. Hizo varios para conseguir que algún amante ocasional de viejos tiempos la mirara. Pero todos se hartaban pronto del jueguecito y acababan marchándose con un “yo he venido aquí a follar” que la dejaba desarmada.

     No encontró la salida hasta varios meses después. El sujeto era un disminuido psíquico que la había acosado alguna vez entre babas y risotadas. Pero era obediente. Y ella, después de pasarse la noche leyendo a los japoneses, se ponía a tiro del chaval, le ordenaba que se sentara en una silla cerca de la cama y le daba la orden inequívoca de que la observara calladito.

     El chico obedecía, aunque se masturbaba y, a veces, no podía evitar algún gemido o alguna palabra ininteligible.

     Rufina se fue hartando del invento. Comenzó a echar de menos su anterior manera de practicar el sexo, y a olvidar a su pervertido maestro alemán.

     Un día, el deseo se hizo tan perentorio que se volvió hacia el disminuido y le urgió a penetrarla.

     Eso le costó la vida.

     El cabo de la guardia civil no tuvo muchas dificultades para reconstruir los hechos fundamentales. Le costó, eso sí, entender la declaración del chico. Rufina se había abierto de piernas para mostrarle su esplendoroso sexo, y había utilizado una expresión que fue la causa de su muerte:

     -Méteme una puñalada de carne.

     Y el pobre, que no entendía de metáforas, se la metió de acero.     

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