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Archive for 9/11/13

Tiempo de canallas

Libro imprescindible, de Teo Uriarte, sobre la historia reciente del País Vasco y de la violencia política. He tenido el privilegio de hacerle el prólogo, que transcribo para no repetirme:

 

     Hace ya algunos años recibí un encargo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo, que entonces presidía una extraordinaria mujer, Maite Pagazaurtundua. Se trataba de hacer un documental sobre mujeres que habían sufrido en la carne de sus familiares el asalto del terrorismo de ETA. El documental se tituló Corazones de hielo. El hilo conductor de la historia se construyó a partir de un clásico, la historia de Antígona, la mujer que se enfrentó al poder para poder dar una sepultura digna a su hermano muerto.

     La idea fue del guionista Felipe Hernández Cava y la realización de Pedro Arjona. Y fue de éste último otra idea luminosa: utilizar para dar paso a los distintos apartados del documental una imágenes tomadas de la representación de una versión de Antígona que iba a estrenarse en Madrid. Se trataba de tomar esas imágenes desde la parte posterior del escenario, sin que se pudiera identificar a los actores. Bastaba con el espacio del teatro Español y la escenografía clásica del evento, con los actores de espaldas.

     Cuando pedimos a la compañía el permiso para rodar las escenas, nos extrañó la suspicacia con que atendieron nuestra explicación. Porque se trataba de una compañía catalana de tintes progresistas. (Si no lo hubieran sido, no habrían puesto Antígona en su repertorio). Nos pidieron un tiempo para responder a la petición, se reunieron en asamblea y decidieron que no. Porque “no sabemos para qué y cómo se va a utilizar”.

     Yo debo ser muy torpe, porque no sé conozco ninguna manera de utilizar Antígona salvo la obvia. Resultó, sin embargo, que lo que provocaba la suspicacia y el rechazo era que se trataba de víctimas del terrorismo, de víctimas españolas del terrorismo. ¿Cómo iban a verse involucrados en algo así unos bienpensantes y progresistas actores? ¿Y si las víctimas lo utilizaban para ofender a los asesinos en su vertiente progresista, es decir, de lucha contra la opresión española?

     Así quedó la cosa. No pudimos utilizar el recurso dramático porque eso podía herir la sensibilidad de algún asesino.

     Hace un año, más o menos, yo recomendé, a petición de un gran editor, a Teo Uriarte para que escribiera un libro sobre el País Vasco (el asunto, el conflicto, como quieran ustedes calificar lo que allí ha pasado y pasa). El editor comenzó pronto a mostrar sus dudas. Las opiniones de Teo (los hechos desgranados por Teo) eran muy parciales, tenían un punto de vista unilateral… ya se sabe. La respuesta a las objeciones era muy sencilla, y Teo la dio: “díme dónde están esos problemas y yo afino el libro”. Resultó que todos los problemas residían en el punto de vista de Teo sobre el nacionalismo; mejor dicho, en la recapitulación que hacía Teo de las posturas del nacionalismo y de sus ocasionales compañeros de viaje a lo largo de los años en torno a ETA y su mundo.

     Teo dulcificó algunas exposiciones y entregó un texto que era tan impecable como el original pero que evitaba con habilidad ofender hipersensibilidades nacionalistas (catalanas esta vez).

     El resultado fue que la editorial se negó a publicar el texto exhibiendo una complejísima elaboración argumental que no llevaba a ningún sitio. Porque en torno a cualquier asunto puede haber discrepancias, y la editorial no tiene una línea de pensamiento estrecha, pero el texto de Teo puede molestar. ¿A quién? Pues no estaba claro. Desde luego, para mí, no.

     No voy a entrar en el contenido del libro, porque para eso lo publica Ernesto Santolaya, otro hombre libre pensante y valeroso, aunque más optimista que Teo. Pero sí quiero hacerlo al hablar de estos protagonistas y el contexto en el que trabajan.

     Una vez escribí un artículo, que no encuentro y seguramente no vale la pena el esfuerzo de citarlo, en el que mostraba mi sorpresa ante una evidencia: Irlanda y Euskadi se parecen en una cosa, y es que se trata de dos países pequeños que han producido una cantidad desmesurada de buenos escritores. Los dos tienen una lengua propia, pero donde se han manifestado mejor las habilidades del uso de la palabra ha sido en las lenguas que, según los nacionalistas, les han sido impuestas, es decir, en inglés y castellano. En Euskadi se ha dado un fenómeno ligado a eso que afecta al análisis de la propia historia. Del País Vasco han salido casi todos los mejores análisis sobre su abrupta historia.

     No hay que ir a la genética para explicarlo, sino a los acontecimientos, a la formación histórica de una sociedad que ha ido evolucionando (no toda, pero sí una parte) a lo largo de los años. La violencia, el cerrilismo de una parte de esa sociedad ha ayudado a que se depure otra de sus partes. En la universidad del País Vasco no ha conseguido triunfar el discurso único del nacionalismo, por ejemplo, pese a las presiones de los más y de los menos salvajes de esa cuerda. No solo en la universidad, y Teo y Ernesto son ejemplos de ello.

     La depuración ha alcanzado a otros terrenos, como el de la política. Es difícil encontrar un lugar en España donde haya tantos ejemplos de valentía para enfrentarse al totalitarismo. En las filas de casi cualquier partido han florecido esas actitudes. En el PSE, en el PP, en los ayuntamientos más pequeños, en los mayores. En el país más corrompido por la hipocresía ante la violencia o por el ejercicio filofascista de la misma, han surgido muchas voces impecables, de la izquierda y de la derecha, que se han arriesgado a seguir diciendo lo que piensan, a defender la verdad, a negarse a aguantar la manipulación de la historia. A reivindicar, por ejemplo, que Antígona solo puede tener una interpretación.

     Un porcentaje desmesurado de la gente que admiro vive en el País Vasco. Comencé de verdad mi relación con la gente de aquella tierra tan hostil cuando asistí al juicio de Burgos en 1970. Allí conocí (aunque ellos a mí, no) a Mario Onaindia y a Teo Uriarte. Luego conocí a Esozi Leturiondo, a Maite Pagaza, a Pilar Ruiz, a Pacho Unzueta, a Ernesto Santolaya, a José Luis Barbería, Isabel Martínez, Genoveva Gastaminza y a tantos otros, que acabaron siendo mis amigos. Comencé a admirar a otros con los que había y sigue habiendo una gran distancia ideológica, pero que me impresionaron por su decencia. Como Consuelo Ordóñez o Ana Iríbar, por ejemplo.

     A ninguno le he admirado ni querido por ser vasco, sino por ser decente, valeroso y lúcido. Voy envejeciendo y eso me vuelve algo intolerante con ciertos ambientes. Por eso, tengo que reconocerlo con pesar, cada vez viajo menos al País Vasco. Pero mi cariño o mi admiración por muchas personas que allí siguen permanece incólume.

     Si Teo y Ernesto me hubieran pedido este prólogo sin que yo conociera su contenido, tengo que confesar que había dicho que sí a ciegas. Pero lo conozco, celebro su publicación, y proclamo que tiene la enorme virtud de que solo hay una lectura posible, como le pasa al invento de Sófocles.

     No es un libro de verdades negociables. Sino de lucidez y verdad a secas.

          

        

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