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Archive for 6/05/13

Marga Nelken | Madrid

‘Gálvez entre los leones’, del madrileño Jorge M. Reverte, uno de esos efectivos escritores que pasan de recontarnos la Guerra Civil Española en certeros ensayos de alto voltaje a tontear con el ‘thriller’ patrio de primera división con una facilidad pasmosa. Uno tipo listo, en realidad, este Reverte. Juntaletras sin complejos que sigue la estela de Vázquez Montalbán y algún que otro Jeckyll & Mr. Hyde de la palabra impresa. Eso sí, Reverte, al igual que San Manolo, nunca da gato por liebre sino una forma honesta y profunda de comprender lo negrocriminal como sano divertirmento y, a su vez, pimpampún sociológico válido para tomar el pulso a un país, España, que anda a estas alturas en fase terminal gracias a sus castas financiera y política. Qué cruz.

¡Corred a las librerías busca de un ejemplar como si no hubiera un mañana, chicos! Que no haya que repetiros obviedades. Esto sí que merece la pena. Dejémonos de suecas ñoñas y miremos un poco hacia lo nuestro. Lo publica, en otro de sus habituales aciertos, la peña de RBA en su famosa colección Serie Negra. Ahí queda eso. Gálvez. Julio Gálvez. El reportero dicharachero del ‘noir’ hispánico. Palabras mayores. Mentar a Gálvez en una sección dedicada a los mejores títulos de novela negra que aparecen en las librerías viene a ser algo parecido a ponerse a vociferar ‘Messi’ en un multitudinario congreso de madridistas. Y es que Gálvez, como la ciudad de Sevilla, tiene un color especial. Negro, por supuesto. Negro, negrísimo, pero teñido del luminoso humor que convierte su lectura en un festín poblado de medias sonrisas y buen rollo generalizado.

Gálvez. Recuerda una emocionada ese día en que se topó con Gálvez por primera vez, corrían los primeros ochenta y fue con ‘Demasiado para Gálvez’, y deja a Carlitos Alcántara a la altura de un desmemoriado niñato sin pasado ni vergüenza. Lo mío sí que es de ‘Cuéntame’. Allí estaba yo, jovencísima lectora, frente a las páginas de una saga que, en realidad, se salía de las normas tópicas que imponían las reglas del género.

Porque ‘Demasiado para Gálvez’ era una novela negra, sí. Claro que sí. Sin embargo, su desternillante humor a la inglesa, o el hecho de que su protagonista fuese un ‘plumilla’ y no el típico investigador ex polizonte, lo convertía en un rarísimo ejemplar llamado a convertirse, como así fue en cuestión de pocas entregas, en un clásico moderno. Eso sí, de aquel Gálvez, nuevo prehistórico setentero que escribía en una Olivetti y hacía copias con papel carbón, al de ahora, otro periodista parado más, han pasado algo más que 20 años.

Julio Gálvez no es Pepe Carvalho, aunque existan entre ambos, por su peculiaridad y su tremenda hondura, coincidencias que nos obligan a meterlos en un mismo saco. Julio Gálvez es un Pepe Carvalho menos politizado y oscuro. Estaría más cerca de Tintín si el ‘plumilla’ belga se hubiese aficionado a los copazos de Dyc tras una calenturienta Erasmus en nuestra egregia nación de naciones. Julio Gálvez viene a ser un Tintín descreído y encabronado que hoy por hoy forma parte de esa abultadísima nómina de desempleados que soporta con vergüenza torera nuestro pobre país.

Julio Gálvez somos, en realidad, todos nosotros, y por eso arrastra en cada página ese poso a personaje de TBEO venido a más que desde el espejo deformante del espejo del váter nos mira cada mañana cara a cara mientras soportamos la primera resaca del día. Leer las novelas de Gálvez es adentrarse en un festival de humor y de la crítica corrosiva. Así empieza, de hecho, ‘Gálvez entre los leones’ y nada mejor como muestra de lo que uno va a encontrarse a lo largo de su lectura que un arranque tan potente como éste:

-Tú, ¿cómo andas de antropología?

Con esa frase empezó todo. El tipo que me la lanzó rondaba los cuarenta e iba disfrazado de alto cargo de Turismo valenciano de cuando Francisco Camps presidía su comunidad. Zapatos mocasines con flecos y sin protección de calcetines para los pies, pantalones vaqueros con el borde deshilachado, camisa blanca, corbata de franjas amarillas y verdes, y una chaqueta azul cruzada con botones dorados que refulgían en la penumbra mañanera del local. Por supuesto, gafas oscuras de diseño con un logo de buen tamaño para dejar claro que le había costado un dineral. Llevaba el pelo oscuro engominado, y en sus muñecas bailaban un par de pulseritas de las que ayudó a poner de moda entre los ejecutivos de derechas José María Aznar.

Por no hablar de momentos como el que sigue en una descacharrante trama en la que, por el accidentado camino de Gálvez, se cruzan espías, mercenarios, negros albinos, ‘killers’, jeques árabes, figurantes ataviados de cavernícolas y un paisanaje de lo más peculiar que, en algunos momentos, parecen salidos de la mejor novela cómica de Eduardo Mendoza, otro de los nuestros:

Carmen volvió apenas un cuarto de hora después. Venía muy excitada. Se sirvió una buena dosis de cerveza y se sentó a mi mesa. Sin más preámbulo me puso al corriente de lo que sabía:

-Ha sido en nuestra casa. Han matado a un hombre. Un vecino vio restos de sangre en el suelo del descansillo y entró en la casa. Por lo visto aquello es una carnicería. El portero ha dicho que ha sido un tío cojo, pero no se ha fijado en nada más. Dice que era un hombre normal, como si hubiera hombres normales, y que era bajito. ¡Vaya un portero! No es la primera vez que pasa algo así en el edificio. Hace unos años mataron a una prostituta. ¡A ver si va a ser el mismo! Yo desde luego me mudo de esa casa.

Bendije la ciática provocada por el Ford y el viaje desde Asturias, que desviaba la atención hacia alguien que cojeaba. Esa descripción se convertía en el principal atributo del sospechoso. Por lo demás, yo encajaba, porque era un tipo normal y bajito. Con disimulo, arrastré los pies por el suelo para ver si dejaba rastros de sangre, pero me tranquilicé, mis zapatos no podían ser los que habían alertado al vecino, porque el suelo quedó inmaculado. Salvo que el portero me viera de nuevo, nadie podría relacionarme con el crimen. Lo único que tenía que hacer para preservar mi seguridad era no cojear en ninguna circunstancia y no volver al edificio a preguntar por Bigoret.

Pagué las dos primeras cervezas, porque Carmen me invitó a la última, y me marché con un caminar tranquilo, sin cojear en absoluto, en la dirección contraria a la del lugar de los hechos, que es otra buena frase de periodista de Sucesos y de juez de guardia.

Buena novela, en definitiva. ‘Gálvez entre los leones’ mantiene el nivel de una saga que, al contrario que otras muchas, ha ido llegando a nosotros con cuentagotas. Lo que es yo, y ya puestas a elegir, me quedo con ‘Demasiado para Gálvez’ y ‘Gálvez en Euskadi’ por lo que tienen de encuentro deslumbrante y primera relación con un personaje que no se olvida. Pero ahí queda el resto, ‘Gálvez y el cambio del cambio’, ‘Gálvez en la frontera’ o ‘Gudari Gálvez’, para que cada uno se lance a por Gálvez a su antojo y sin miedo a equivocarse. Lo dicho. El tipo tiene algo de gafe y arrastra las tres des del perfecto periodista (depresivo, divorciado y dipsómano), pero es de toda confianza. ¿A qué esperáis? ¡Corred a las librerías!

http://www.elmundo.es/elmundo/2013/05/03/novelanegra/1367533309.html

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