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Archive for 1/04/13

A veces,la Revolución

  Lamento el tocho, pero hacía mucho que no escribía para el blog.

  De la temida palabra, revolución, me quedo con la acepción que la define como “cambio rápido y profundo en cualquier cosa” en el diccionario de la RAE. No hace falta que las calles aparezcan sembradas de incendios y contenedores tirados, ni que ardan iglesias, ni que se expropie a los empresarios decentes, ni se guillotine a reyes. No es precisa la aparición de cadáveres ni la proliferación de asesinos justicieros. Lo que es preciso es que un conjunto mayoritario de ciudadanos se tome en serio un cambio rotundo en los usos y costumbres de la política y lo diario.

   ¿El objetivo? Parece que hay consenso, incluso en algunos columnistas de la derecha política: llegar a una sociedad más libre, más democrática, más justa, en la que el privilegio deje de ser la base del reparto. Las dos grandes revoluciones que nos sirven de guía a los europeos, la americana y la francesa, tenían ese objetivo, el de acabar con los privilegios. La rusa no le gusta ya ni a Anguita.

   Cómo concretar ese objetivo en los asuntos que provocarían una revolución real, lo sabemos en muchos casos. Hay un expertise notable en casi todos los campos. Las mareas verde y blanca, por ejemplo, están repletas de gente que sabe cómo ahorrar en Sanidad sin tener que traspasar la gestión de los hospitales a ejecutivos de cuello blanco que buscan únicamente el beneficio económico, como en el liberal sistema hospitalario británico donde se ha matado a cientos de pacientes. O en educación, sin dar cancha a directores de escuelas concertadas que obtienen generosas plusvalías a base de pagar menos a los profesores y alterar los resultados de sus notas medias aplicando selectividades internas para los exámenes, por ejemplo.

   Lo saben también otros funcionarios en Hacienda, en la Seguridad Social, en Justicia, en el Registro de la Propiedad, que viven abrumados por el trabajo, envueltos en el reproche social, animado por los medios de la derecha, porque no alcanzan a solucionar el día a día de su empeño, mientras los registradores (extravagante nuestro país, en el que la fé pública se da por lo privado) se hacen con nuestros datos para ahorrar en funcionarios y subirnos a los ciudadanos el coste. Tenemos una tasa de funcionarios públicos bajísima en relación con nuestro entorno, y en muchos casos, con responsabilidades limitadas donde haría falta, como en la adjudicación de contratos públicos, por ejemplo.

   Lo saben, desde luego, los partidos políticos y los sindicatos, donde reside lo peor (cada vez más) y lo mejor (cada vez menos) de nuestra sociedad. Una eficaz ley de transparencia, que afectara a todo lo público, incluida por supuesto, la Casa Real, le guste o no, no parece tan difícil de instrumentar. Y la aplicación de la Constitución para garantizar el funcionamiento democrático interno de partidos y sindicatos, no es tan complicada.

   Transparencia en el poder judicial, en los golosos nombramientos del Tribunal de Cuentas (¡ay, si la hubiera habido en las Cajas de Ahorros!)

   Las dificultades las ponen no solo los poderes fácticos clásicos: los financieros tienen que ceñirse a las leyes si las hay. Si estas han de ser europeas, pues que lo sean, pero alguien tiene que empezar. (Suiza y las remuneraciones, por ejemplo). Los empresarios de la construcción se tientan la ropa, porque una acción sostenida y seria de los sindicatos (ahí, por ejemplo, sí) ha conseguido que bajen los accidentes de trabajo y mejore la salud ambiental a base de controles rigurosos y de enseñarles el Código Penal.

   Las dificultades mayores las ponen los partidos políticos, que se defienden a sí mismos, es decir, a sus militantes fieles y sumisos por el sencillo método de que todo el mundo sabe que le debe el puesto a alguien, no a los electores, sino a “alguien”, a quien le pone en las listas. No hace falta que la corrupción campee en la política, basta con el clientelismo que la misma política crea al repartir los cargos. ¿Para forrarse? No es preciso. A veces se puede llegar a cobrar un sueldo modesto durante años sin necesidad de tener experiencia ni haber hecho un buen historial en los estudios. El poder por sí mismo es un premio goloso, como explicó Weber.

   Las revoluciones que podrían convertirnos en un país modesto pero ejemplar y competitivo están al alcance de la mano. Si siguen subiendo las mareas y si los agentes políticos se enteran de que son mucho más que estallidos corporativos.

   Luego, por supuesto, para volver a ser ricos, hace falta que los economistas sepan encontrar eso que hace tiempo se llamaba demanda.

   Pero mientras, revolución. Se puede.  

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