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Archive for 28 febrero 2013

Demagogia

El ex consejero delegado de Telefónica, Julio Linares, ha recibido una indemnización por su cese en la compañía de 24,7 millones de euros. Más que los casi mil despedidos de Tele Madrid juntos. Y sin necesidad de robar.

A las grandes empresas hay que agradecerles de cuando en cuando que nos eviten la tentación de caer en la demagogia.

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Matemáticas nacionalistas

Leo estupefacto un titular de la Vanguardia en el que se afirma que España y Cataluña han incumplido los objetivos de déficit de la misma manera. Cataluña, un 1,95 sobre previsión de 1,5, y España un 6,7 sobre el objetivo del 6,3

Matemáticas nacionalistas. Si lo miramos bien, Cataluña se ha escapado un 30 por ciento del objetivo, mientras España lo ha hecho en un 7.

Debe ser así como se calcula la balanza fiscal.

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Más lecturas

Tengo que recomendarlos:

-Prosa, de Anna Ajmatova (Lumen)

-La marcha de la locura, de Barbara Tuchman (RBA)

-Marruecos, ese gran desconocido, de María Rosa de Madariaga. (Alianza)

-Crónicas del desamor, de Elena Ferrante (Lumen) 

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Se puede hacer algo

Unos días de asueto. Pero no siempre sirven para tomar distancia. Este país no lo permite. Hay demasiados mangantes e ineptos. Un hombre como Luis Bárcenas, con el que nadie razonable haría una transacción tan sencilla como comprarle un mechero, tiene en jaque a toda la dirección del PP. Una dirección que ha sido tan complaciente como para que la sospecha de complicidad en tropelías anteriores sea casi una certeza. 

Veamos el gran partido vertebrador de España: el PSOE. La bronca con el PSC no augura otra cosa que más nacionalismo, más mentiras, tópicos y banderas. ¡Dios, banderas, cómo cobijan! Bajo ellas se encuentra el consuelo para la mediocridad, el remedio a la soledad del individuo, la conciencia de pertenecer a algo, aunque ese algo sea tan cutre como una comunidad creada por los mitos y los poetas románticos.

Ahora, nieva sobre Madrid, y recuerdo la terrible escena de “los muertos”, de James Joyce, en la que la nieve representa la muerte, y su contemplación, la suave aceptación de que hay poco más que eso. Qué desesperanza. Pensaba que Bersani sería capaz de sacarnos de ella. Pero los italianos no han querido. Los más miserables sicilianos (¿Hay otro sitio mejor en el mundo?) y los repugnantes racistas padanos, ricos, altos, guapos y despreciables, juntos han ayudado a sacar cabeza a Silvio Berlusconi.

Leo un libro de Esteban García-Albea, sobre la época en que miles de personas en este país se ponían a la tarea de hacerlo mejor. Se centra en la Sanidad, pero el impulso era el mismo en otros sectores. Se titula “¡Adelante!” (Siglo XXI). Está repleto de humor, lo que es un gran mérito contando cosas que son auténticas, no inventadas. 

Me doy cuenta al leerlo de que sí, de que quedan motivos para la esperanza. Los sanitarios, por ejemplo. La marea blanca es un movimiento que está fuera del corporativismo, que reivindica la Sanidad Pública y ofrece modelos de gestión serios y austeros a quien no quiere oir hablar de ellos, a los que compran y venden lo que hemos construido entre todos. Los enseñantes están en algo muy similar. Y los derrotados de Tele Madrid siguen luchando por una televisión pública de veras, sin contarnos apenas nada de sus sueldos o sus despidos.

Hay gente que lucha y lucha bien. Me gusta pensar que, quizás, eso nos lleve a algún lado.

Compren ese libro, el de Esteban García-Albea. Primero, se ríen, y después es posible que piensen, como yo, que se puede hacer algo. 

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Borbonear

 

     La palabra borbonear no figura en el diccionario de la RAE. Pero se utilizó mucho en España durante un tiempo dilatado, sobre todo para definir el ventajismo, la falta de visión de largo plazo, el regate corto, la manipulación de voluntades que caracterizó el reinado de un pícaro llamado Alfonso XIII, que lo practicaba con el objeto de “dominar absolutamente la política española”, según la feliz concisión de Javier Moreno Luzón en su biografía del rey.

     Sus herederos, el fracasado rey Juan III, y el rey Juan Carlos I, se vieron en numerosas ocasiones acusados de llevarlo en sus genes, junto con la muy concreta lacra hemofílica y el inidentificable rasgo que les definía como portadores de legitimidades dinásticas.

     El término es feliz, porque permite hacer chacota sobre el poder, algo que siempre ayuda a sobrellevar la dureza de la vida cotidiana de los mediocres mortales. Lo que pasa es que los resultados de su uso excesivo han resultado algunas veces ser trágicos en la historia española, y eso le quita gracia al asunto.

     Borboneó Alfoso XIII, y eso ayudó a que se produjeran la matanza de Annual y la guerra civil. Borboneó don Juan de Borbón, y eso ayudó muy probablemente a que la dictadura franquista se perpetuara. Y borboneó, o estuvo al borde de hacerlo, que eso ya lo veremos, Juan Carlos I, y eso llevó a España a colocarse (si es que fue así) cerca del abismo en un par de ocasiones.

     Que la práctica del borboneo haya tenido tan importante influencia en los destinos de un país se debe a una circunstancia anómala: a que una parte importante (a veces, todo) del poder se haya concentrado durante demasiado tiempo, en demasiadas ocasiones, en las manos de alguien que, con independencia de sus cualidades personales o sus defectos igualmente personales, por la absurda razón de que perteneciera a una familia determinada.

     Una anomalía que es histórica, que ha afectado a la gran mayoría de los países que se suponían civilizados, o no, hasta hace pocas décadas, que sigue afectando a países de tan indiscutible tradición democrática como Gran Bretaña. Una anomalía que no ha ido contra la normalidad, sino contra la razón: una anomalía que se llama monarquía.

     La Constitución de 1978, el texto más democrático que ha regido la organización política del Estado en toda la historia española, contiene párrafos de importancia sustancial que provocarían el escándalo de cualquier marciano experto en Derecho Constitucional pero que desconociera los avatares del devenir político español.

     En el artículo 14 de la ley suprema, se reconoce que “todos los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra circunstancia personal o social”. A pesar de esa solemne declaración, el punto 3 del artículo 56 establece que la persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad. Y en el artículo 57 se establece que la Corona de España “es hereditaria en los sucesores de S.M. Don Juan Carlos de Borbón, legítimo heredero de la dinastía histórica”. Luego, ese mismo artículo desarrolla que la herencia de la responsabilidad tendrá un orden en que prevalecerá la primogenitura y el sexo. Por supuesto, del varón sobre la mujer.

     La amarga experiencia del borboneo y de otras actitudes parecidas en Europa, hizo que los redactores de la Constitución de 1978 tomaran algunas precauciones importantes para preservar la democracia de posibles actitudes indeseables por parte del rey. La más importante es la de que el rey sólo puede tomar decisiones de carácter político cuando estén refrendadas por el presidente del gobierno, los ministros implicados, o la presidencia del Congreso de los diputados.

     Es evidente que esta precaución elimina muchas incertidumbres, protege del posible borboneo practicado, por ejemplo, por Alfonso XIII. Pero sigue habiendo una anomalía descomunal en la declaración del rey como persona inviolable y no sujeta a responsabilidad. La declaración de que todos los españoles son iguales ante la ley y esta prerrogativa chocan de manera escandalosa.

     No es menos chocante la función que se le entrega al rey: es el símbolo de la unidad y permanencia del Estado. Y esta auténtica encarnación de un abstracto será transmitida por vía familiar.

     Hay que aceptar que, probablemente, salvo que Iñaki Urdangarín y su estupendo socio, el profesor de Negocios Diego Torres (debe ser bastante bueno), se empeñen en acelerar las cosas, el debate sobre el asunto no tenga que tener lugar ya mismo. Pero debemos estar preparados, porque los sumarios judiciales, cuando se ponen en marcha y los abogados no consiguen hacerlos eternos, pueden convertirse en bombas de relojería.

     Quizá, con mucha suavidad habría que plantearse darle algunos retoques al sistema. Como, por ejemplo, en cuestiones como la transparencia que hace poco reclamaba Juan José Solozábal en una entrevista en este periódico.

     El Papa Benedicto XVI acaba de abrir un camino casi inédito en la renuncia a la máxima representación de lo suyo. Y vemos que lo más seguro es que no pase nada. Incluso, es posible que lo que suceda sea bueno para limpiar la Iglesia Católica, tan podrida como una comunidad autónoma levantina española.

     ¿Renuncia y sucesión? ¿Por qué no? Sin bronca.

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Fer pais

Tampoco está mal lo de Núñez, el ex presidente del Barça. Como todos los presidentes de clubes de fútbol, Núñez es sospechoso, por naturaleza. Pero eso lo dejamos de lado por ahora. 

Ayer dijo algo que me ha dado mucho que pensar: el Barça no es para hacer política, sino para hacer país.

¡Qué hermoso! Pedazo de facha.

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Horses, horses

Estábamos tan tranquilos pensando que el fraude de la carne de caballo lo habían montado unos rumanos, y resulta que hay británicos en el asunto.

Esto sí que nos preocupa.

Horses, Pigs

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