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Archive for 24/01/13

Guitar Slim (2)

Un buen final para la historia de Guitar Slim: al año de que Mercedes y yo nos lo encontráramos, consiguió una nominación para los premios Grammy. Y sigue vivo y coleando en Nueva Orleans.

Milagros conseguidos a trav´ñes de amigos, de you tube y de la peligrosa Wikipedia.

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Amy Martin

 

     No tengo elementos de juicio suficientes para emitir una opinión que me parezca certera sobre Carlos Mulas, ex director de la Fundación Ideas y ex mandamás en el aparato de eminencias que rodeaba (y quizá rodee aún) a José Luis Rodríguez Zapatero, a quien posiblemente ustedes no recuerden, que fue presidente del gobierno español. Eso sí, Mulas tenía un curriculum muy sobresaliente, porque se había licenciado en Cambridge, donde se licencian cada año miles de ingleses. En La Moncloa, el palacio donde ejerció el cargo de asesor en la oficina económica del presidente, provocaba admiración ese hecho y el que supiera inglés, como millones de ingleses.

     A mí, en cambio, eso no me provoca admiración. Mulas no me ha ocupado nunca más de diez segundos, que era el lapso de tiempo que pasaba entre el momento en que escuchaba su nombre y el siguiente momento en que se me olvidaba. Simpático no me caía, porque, entre otras actividades, se destacó en la liquidación de la Fundación Pablo Iglesias, un lugar de hermosa y fructífera trayectoria que fue dirigida en su momento por alguien como Fernando Claudín, y en el que trabajaba con eficacia mi querida Duca Aranguren, víctima de un ERE como muchos otros, pero injusto como pocos.

     Pero ayer mi aprecio por Mulas subió como las acciones de una empresa californiana cuando me enteré por la prensa de sus ficciones. Él y su mujer se inventaron la existencia de una mujer importante, Amy Martin, norteamericana experta. ¿Experta en qué? Experta, tout court, que es una ocupación grandiosa. Mi hermano Javier lleva en su cartera un fajo de tarjetas de visita en las que aparece su nombre y, debajo, la palabra experto. Se las da a pesados, borrachos o no, para reírse del mundo.

     El mérito de Mulas y su mujer con lo de Amy es mayor. Ha sido inventada para sacarle un rendimiento y, posiblemente (dios lo quiera así) hasta tenga biografía. No quiero ni pensar si Amy habrá entrado además en algún juego erótico à trois. Bueno, no quiero pensarlo y sí. Porque he empezado a imaginármela con ese aire de universitaria norteamericana a la que la CIA ficha por su brillantez en los análisis estratégicos, de piernas largas, melena rubia y boca decidida.

     Sus artículos de a tres mil euros la pieza deben ser buenos, además de variados. Dicen los periódicos que ha escrito, por ejemplo, sobre el cine en Nigeria. ¿A quién se le puede ocurrir eso? A una experta.

     Adolfo Bioy Casares escribió una de sus más divertidas novelas en torno a un personaje turbador que no existía, La invención de Morel. Eso era literatura. Lo de Amy Martín, también lo parece. Pero va más allá. ¿Se inventaron Carlos Mulas y su mujer a Zapatero? Eso explicaría muchas cosas.    

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Guitar Slim

 

     Resulta que yo conocí a Guitar Slim, hace ya algunos años. Hasta ayer por la noche no había visto ningún capítulo de la serie Treme, cuya cuarta temporada tengo grabada en el aparato de Canal +. Uno de los personajes, que no sé si es de ficción o no, dijo su nombre citando una frase que no era para pasar a la historia pero explicaba bien una situación: “Como dijo Guitar Slim…”

     Mi mujer, Mercedes, dio un salto en el sofá: “¿Te acuerdas?”. Claro que me acordaba. Slim era (espero que siga siendo) un afroamericano delgado, vestido con modestia y tocado con una gorrila de visera. Estaba en un club de Nueva Orleans al que acudimos, junto con un grupo de españoles, a escuchar a uno de esos conjuntos de negros que parecen haber nacido de las entrañas de la música. Slim comenzó a hablar con Mercedes con el mayor de los respetos y de las elegancias. Algunos de los que nos acompañaban se sintieron incómodos y me ofrecieron sus servicios para resolver una situación que ni a Mercedes ni a mi nos parecía que tuviera que resolverse de ninguna manera.

     Así que me convertí para el grupo en un tipo de insoportables tragaderas que permitía que a su mujer le abordara un hombre en sus narices. Un hombre que –repito- era educado y, eso sí, estaba algo bebido.

     Me tuve que convertir en defensor de Mercedes frente a los que la querían defender porque su marido no lo hacía. Fue una situación muy desagradable. Llegué incluso a amenazar con algún acto de violencia física a quien se metiera en el asunto.

     Cuando salimos del club, Slim nos acompañó, con paso inseguro por la calle, en dirección al hotel. Y yo tuve que espantar a un par de compañeros de viaje que seguían intentando arreglar aquello. Iba escoltando a mi mujer para que pudiera ejercer su libertad de hablar con un borracho negro.

     Cuando nos despedimos, el encantador borracho nos ofreció un CD que llevaba en la portada una foto de un tipo que se le parecía, y un título: Guitar Slim.

     -It’s me –dijo dándose golpecitos en el pecho con el índice derecho.

     Le compramos el CD. Y se fue, con el aire pacífico que ya le presuponíamos después de darle dos besos a Mercedes y un apretón de manos a mí.

     Al volver a Madrid escuchamos la grabación. Era bastante buena; mejor dicho, era regular la grabación y bastante bueno lo grabado. De cuando en cuando lo escuchamos.

     Y ayer, cuando decidimos comprobar si la serie Treme estaba bien o mal. Oímos el nombre de Slim. Entre nuestro encuentro y la mención en la serie han pasado muchos años y el Katrina. Espero que Slim se encuentre bien y que no le haya hecho ningún daño el huracán o algún blanco español defendiendo a alguna compatriota que no lo necesitara.      

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