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Archive for 4/12/12

Treinta años

Treinta años. Un proyecto para treinta años le pide Felipe González al PSOE para que reviva su función de alternativa. Supongo que es una hipérbole, que tiene su lógica en el calor del recuerdo del glorioso pasado reciente de una formación política que, sin exagerar esta vez, cambió España. Para bien.

Pero el pasado, su evocación, tampoco puede servir para confundirnos. Porque el proyecto que cuajó en 1982, y siguió en 1986, no era para treinta años. Y si lo era, se trataba de treinta años distintos de lo que se planificaba.

En lo sustancial, el programa que llevó al PSOE al poder en aquellos años vertiginosos, era un programa democrático en el sentido igualitarista: educación y sanidad públicas y universales. Fue un éxito rotundo que cambió España para hacerla, en expresión de Alfonso Guerra, irreconocible hasta para la madre que la parió. Y se hizo con una energía y una rapidez ejemplares. España se llenó de hospitales y de escuelas atendidos por profesionales de la mayor dedicación y categoría. Aún vive el sistema de aquellos años de cambio.

Hubo más, claro. Mucho más. Pero no todo estaba en el programa y en el proyecto. El pragmatismo tuvo que imponerse en cuestiones que no se podían escribir en una propuesta a la ciudadanía. Por ejemplo, la OTAN. Sin aquella decisión, en la que se echó la moneda al aire en un referéndum sobre una cuestión fundamental para la entrada en Europa, que era la que daría confianza en nuestro país y sus dirigentes al conjunto de los países democráticos (el muro de Berlín aún no había caído).

Hubo más: la reconversión de la industria pesada, que llevó a una dislocación del sistema productivo y permitió su modernización, alejándonos de ese aire de País del Este que tenían regiones enteras, como Asturias o Valencia. Eso no se habría podido meter en ningún programa, so pena de perder el apoyo electoral de muchos cientos de miles de personas.

Y hubo cosas que se quedaron por el camino, como las relaciones con la Iglesia, que siguen sometidas a un humillante ventajismo del Vaticano que ofende a cualquier sensibilidad laica.

Lo que sucede ahora es que España vive dos calamidades simultáneas de gran profundidad. La primera, por supuesto, es la crisis del sistema global, que nos ha colocado en una esquina, en la de los países que necesitan ser competitivos y no tienen muchas más herramientas para conseguirlo que bajar los costes laborales; una condición que se agrava porque el actual partido gobernante se empeña en cegar el activo de la educación y el del avance en I+D. ¿Cómo seremos competitivos? Una propuesta para treinta años tiene que encontrar la manera de superar ese obstáculo. No ya por los sindicatos, que viven una crisis casi peor que la del PSOE, sino por los trabajadores (y presuntos trabajadores, como los desempleados). ¿Qué ofrecerles?

La otra calamidad es que el gobierno del PP es de una ortodoxia exacerbada, y actúa como un poder vicario de las bestiales condiciones que el sistema alemán impone. El PP está desmantelando el Estado del bienestar de forma sistemática, dejando a los poderes públicos con un poder de regulación y de rectificación del mercado casi nulos. La propuesta socialista para esos treinta años solo puede ser defensiva, de recuperación de los derechos fundamentales en el terreno de la igualdad. Derechos que están siendo conculcados también en principios como el de que todos los ciudadanos sean iguales ante la ley. Los desarrollos propuestos por Alberto Ruiz Gallardón para las tasas judiciales significan un ataque a esa igualdad que pocos ministros franquistas se habrían atrevido a suscribir.

Y está el asunto de la democracia en su gestión diaria. Para que haya un mejor funcionamiento, el edificio tiene que comenzarse por los propios partidos, unas entidades que la Constitución obliga a que tengan un funcionamiento democrático. Mandato que se ha incumplido de forma sistemática desde que se votó la Constitución. Eso no tiene un valor simbólico, sino material.

Felipe González le pidió al PSOE que mirara a la sociedad. Hay que hacerlo en el sentido de saber qué carencias y necesidades hay que cubrir. Pero hay que pensar desde fuera, también. Porque lo que la sociedad necesita no es que la miren, sino que le propongan cosas. Para eso están los partidos, o deberían estar. No solo para tomar nota estricta de las exigencias que surgen de manifestaciones gigantescas. Eso conduce al peronismo o a cosas (aún) peores.

Una tarea hercúlea la del proyecto para treinta años. Inalcanzable para un partido que no se refunde, que no se reviente a sí mismo. Es mucho pedir, pero ya sucedió una vez.

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