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Archive for 1/12/12

Qué extraño, venir a La Coruña para admirar el baile de Sara Baras. Actúa en el teatro de la Ópera, que se llena de un público muy variopinto, entre el que no se esconcen, sino que se exhiben señoras con largos y densos abrigos de pieles. El personal aplaude en cuanto puede. Se hace raro ver a los coruñeses tan entusiasmados con una disciplina que les es tan ajena. Pero, claro, no se escucha ni un solo olé, porque no saben echarlo.
Baras ha montado un espectáculo que se parece más al que hace años lucían por el mundo los coros del ejército rojo que a una coreografía de las que montaba Antonio Gades. Sus músicos, sus palmeros, percusionistas, las bailaoras y los bailaores, el cantaor de voz limpia, nada desgarrada, quieren estar siempre por encima de la raíz flamenca y acercarse a la presunta superioridad del ballet clásico.
Todo va a así hasta que el arte que rezuma de los zapatos y los hombros de Baras se puede escapar, a ratos, y provoca la complicidad de quien admira, embobado, su elegancia y sus escasos momentos de dejarse llevar.
Sublime Baras encorsetada por ella misma en una jaula que la enfría hasta un final en que la fiesta, la bulería se vuelve a hacer cuartel más que juerga.
Qué buena es. A qué poco sabe en este montaje. Es como ver a José Tomás haciendo toreo de salón.
Después, en Riazor, en un hotel que solo tiene tres estrellas pero la mejor vista imaginable, el espectáculo que nadie ha podido contener del mar encabritado. ¿Cómo inventarse nuevas metáforas sobre las olas? Mejor, dejarlo para no caer en la vulgaridad. Llegan una y otra vez salvajes a su destino en la arena y avisan poder y miedo. Como el PP.
De Madrid hay que salir a menudo, para ver cosas que solo se puede ver en La Coruña, por ejemplo.

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