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Archive for 11/11/12

Carlos Piera

 

Soy absolutamente incapaz de dar cuenta de los ensayos de Carlos Piera. Contrariedades del sujeto (La balsa de la medusa, 1993) es un libro que lleva acompañándome muchos años, aupado, a veces a la mitad de la pila, otras encima, en mi mesilla de noche. No se va jamás de ahí. Y en muchas ocasiones, antes de amarrar el sueño, leo algunos párrafos escogidos en ocasiones al azar; en otras, vuelvo sobre lo que recuerdo, como el ensayo sobre poetas rusos como Brodski, Ajmátova o Madelstam. Piera me provoca un desasosiego profundo: no sé reproducirle, no sé cómo transmitir a otros el carácter luminoso de sus incursiones en los discursos de otros o en sus disquisiciones sobre el sujeto.

Ahora, Carlos Piera me ha llevado a hacer crecer la pirámide (hoy es una pirámide invertida, de equilibrio dudoso) que amenaza con desplomarse sobre la almohada, con su reciente libro La moral del testigo (La balsa de la medusa, 2012). Piera tiene la virtud de escribir ensayos, que como él dice con enorme modestia, citando a Adorno, significa que lo hace sobre lo que han escrito otros. Pero alcanza la rara cualidad de que parezca ser un analista primero. Parece que se lo ha leído todo pero que a él le cabe la responsabilidad de ser el que nos lo discute por primera vez.

También me resulta difícil discutir con él cuando intuyo que discrepo de su observación. Pero he de rendirme a la contundencia de su aparentemente sedosa forma de escribir. En el segundo de los libros, que aún ha de ganarse el lugar permanente cerca de mí, habla, por ejemplo de Manuel Sacristán haciendo un desmesurado (quizá no) elogio de su figura filosófica. Pero tengo que reconocer que yo a Sacristán le veía, cuando leía sus trabajos, siendo yo comunista, como otro comunista que a mí me parecía aún más dogmático que yo. Eso, con toda probabilidad, era incierto. Porque yo era muy dogmático, estaba preso de un largo arrebato de fe que no se basaba en la religión, sino en el marxismo, un armazón teórico tan totalitario que no dejaba resquicios a casi nada.

Ayer acabé por primera vez el libro. Cuando lleve una docena de lecturas sabré si dejarlo donde reposa, como los borbones muertos de El Escorial, en su pudridero.

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