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TEODORO PETKOFF

¿Y qué tiene que ver el ictus con un tipo que tiene un nombre tan raro? Realmente nada y todo. Veamos.
A Teodoro Petkoff le han dado el Premio Ortega y Gasset de periodismo por su trabajo en la puesta en marca del diario Tal-Cual que se edita en Caracas, lugar donde ahora no es muy cómodo ser buen periodista. Petkoff es un hombre con una biografía llena de cosas. Fue fundador y dirigente del MAS (Movimiento Al Socialismo), partido que renovó la izquierda latinoamericana. A mediados de los setenta me visitó en Madrid, que era una ciudad que vivía bajo los coletazos de un franquismo moribundo.
Petkoff siguió las normas más educadas de la clandestinidad para que nos citáramos. Estuvimos hablando largo tiempo de los cambios en el comunismo, que en España abanderaba teóricamente Fernando Claudín. Ludolfo Paramio y yo llevábamos una revista teórica marxista llamada Zona Abierta. Esa revista y sus artículos eran lo que llamaba la atención del venezolano.
En un momento de la conversación me dijo:
– Sigue siendo dura la represión.
Yo le contesté extrañado que no sabía por qué decía eso, que cada vez era más fácil pelear con la censura. Entonces él me preguntó:
– ¿Y por qué entonces tantos pseudónimos?
– ¿Qué pseudónimos? Le contesté.
Y él abrió el ejemplar de la revista que llevaba encima y empezó a leer:
– Valeriano Bozal, Alberto Corazón, Ludolfo Paramio, Leopoldo Lovelace, Jose Luis Acero…. Tu eres el único con nombre verdadero, ¿no?.
Me eché a reír. Todos los nombres eran verdaderos, no había ningún pseudónimo. Pero yo nunca me había dado cuenta de la colección de rarezas que se acumulaban allí en la mancheta. El colmo era que me lo planteara alguien que se llamaba como él.
Cuarenta años después, el ictus no me permite ir a la ceremonia de entrega de los Premios Ortega y Gasset a Teodoro y los demás. A mi me lo dieron hace unos años, y se que es un momento muy emocionante para un periodista. Ahora, si además el periodista es venezolano, aumenta la emoción.
A Teodoro y a mi nos ha unido la historia de dos dictaduras menguantes, una de ellas disfrazada de democracia participativa. Intentaré hacerle llegar un abrazo. Quizá se acuerde de mi.
Ahora voy a hacer los ejercicios de deglución. Como hay que decir a veces palabras raras diré seguido todos los nombres del consejo de Zona Abierta.
Y varias veces Petkoff.

gafas

después de muchos meses de ver o doble o borroso mi óptico de siempre o mejor dicho su socia Macarena, me ha hecho unas gafas con las que puedo ver y otras ¡para leer! Tecnología de prismas. Espléndidos resultados. OPTIMON, emn la calle Fracisco de Rojas, de Madrid. La primera buena noticia que me da la Medçicina en meses

Queridos amigos. Hoy hace seis meses que me atacó el ictus. Sigo paralítico de la pierna y la mano derecha (la utilizo para comer los purés y para rascarme el brazo izquierdo). La voz apenas ha mejorado, aunque los más próximos dicen que se me entiende mejor. La vista la tengo complicada mejorando sólo un poco a base de prisma ¡Y sigo sin poder beber vino! O sea, un desastre.
Os invito a que leais mi columna en El País, que es casi lo único que puedo hacer.
Un abrazo para todos.
Jorge.

Del bisturí a la pluma

El cirujano Manuel Herrero Montoto dejará este mes el Álvarez-Buylla tras 40 años como médico para dedicarse de lleno a la escritura, su otra gran pasión

Manuel Herrero, en un despacho del ambulatorio Mieres Norte.

(Publicado el 1 de febrero de 2015 en La Nueva España)
Manuel Herrero, en un despacho del ambulatorio Mieres Norte.FERNANDO GEIJO

Mieres del Camino, J. VIVAS Manuel Herrero Montoto, escritor y cirujano de la Unidad de Gestión Clínica de Patología Digestiva del hospital Álvarez Buylla de Mieres, ha conseguido conjugar durante años letras y ciencias. Sin embargo, ese equilibrio se romperá pronto. Herrero Montoto, que también es colaborador de LA NUEVA ESPAÑA, abandonará el bisturí a finales de febrero poniendo fin a casi cuatro décadas dedicadas a la medicina, y se centrará de forma exclusiva en su gran pasión, la escritura.

Natural de Oviedo, donde también reside, la mayor parte de su vida laboral, 37 años, ha estado ligada al hospital de Mieres. Estudió en la facultad de Medicina de Valladolid, y explica que lo suyo fue “por vocación y también por convicción; tenía un tío médico que ejercía en el pueblo, que salvaba vidas, y creo que eso me hizo decantarme”. Tras acabar sus estudios, Herrero Montoto regresó a Asturias. Primero probó con lo que hoy sería la Atención Primaria. Fueron años en los que pasó por distintas localidades del valle del Nalón, como Sotrondio, Barredos o Pola de Laviana. “Aquello tenía un camino cerrado, las posibilidades de la atención primaria estaban muy limitadas y, más que un médico, eras un burócrata”. Así que se decidió a hacer una residencia para cambiar de especialidad. “Elegí la cirugía porque aprecié que tenía una faceta de actuación muy directa, cada día es una aventura, y me motivaba mucho más”.

Hizo la residencia en Oviedo, en el antiguo hospital Covadonga a la sombra de Luis Estrada. Cuando terminó, vio que “escaseaban las plazas en la región, y las que quedaban estaban en el hospital Enrique Cangas -el nombre anterior del Álvarez Buylla de Mieres-, que era un edificio viejo, antiquísimo”, asegura. Resignado, se fue a Mieres: “Era lo que había y esperaba irme de allí en cuanto pudiera”. No se marchó porque el hospital fue evolucionando. “No necesitaba más, viví tres etapas del hospital de Mieres, el antiquísimo, el antiguo y el nuevo Álvarez Buylla, que abrimos el año pasado”, explica.

Los avances no llegaron sólo al edificio del hospital, también a la cirugía. La aplicación de las nuevas tecnologías ha hecho “que la enfermedad, el dolor y la muerte hayan tenido un freno importante, he tenido la suerte de vivir la revolución de la informática, la electrónica y la óptica aplicada la cirugía”. Así, destaca que “antes siempre se operaba con cirugía abierta, y ahora el 80% de las operaciones son endoscópicas, muy poco invasivas”. “Hemos pasado de operar con tijeras de podar a utilizar una camarita con un cable”, zanja.

La evolución de la medicina también ha permitido acortar la recuperación del paciente. El cirujano señala que, cuando llegó a Mieres, “una operación de vesícula suponía estar quince días ingresado, mientras que una hernia no bajaba de siete días; en la actualidad, por la primera operación sólo se está un día en el hospital, y de la hernia no hay hospitalización”.

Pero si la medicina es uno de sus amores, la escritura también. “Llevo toda la vida escribiendo, primero narraciones breves y después alguna novela, hasta hice una obra de teatro que representó el grupo del hospital”, subraya. Entre sus libros, Herrero Montoto destaca “Omara la trapecista”, una novela erótica que escribió en 2000 y que “tuvo bastante éxito, de hecho, la gente me pedía una segunda parte y es lo que he hecho”. En unos días se publicará “Omara en el país de las maravillas”. Eso sí, el médico avisa, “es una novela para mayores de 18 años, pero a pesar del contenido erótico, yo busco que el lector se ría, para eso mezclo lo grotesco con lo pornográfico”. Con la llegada de la jubilación, el médico podrá centrarse en esta última pasión. “Seguiré escribiendo, intentaré hacer la vida de escritor que siempre quise y no me dejó la profesión de cirujano, participar en tertulias, en actos públicos, ir al teatro y al cine”, afirma. Tampoco olvidará Mieres, una ciudad “que me ha dado mucho”.

Todo comenzó con un leve mareo. El escritor Jorge M. Reverte relata su dura batalla contra el infarto cerebral

Los daños del presunto mareo iban creciendo de manera muy apreciable. La pierna y el brazo derechos no obedecían La paranoia no es algo extraño en los internados en una UCI, mucho menos si están sometidos a tranquilizantes

El mejor regalo que se le puede hacer a un periodista es un buen número estadístico. Por ejemplo, que hay cerca de 120.000 españoles que sufren cada año lo que se llama un ictus. En otras palabras, un accidente vascular en el cerebro. Un buen porcentaje de esos incidentes —cerca del 30%— desemboca en la muerte. Por ejemplo, el ictus es la primera causa de mortalidad entre las mujeres en España, según la Sociedad Española de Neurología.

El ictus es, por tanto, más que una moda. Es una forma frecuente de las que adopta la enfermedad para resolver nuestro torpe instinto de inmortalidad.

El reportero sujeto de este artículo no recibió ningún encargo para escribir sobre el ictus. Simplemente le pasó.

A mediodía del 9 de septiembre de 2014, paseando por la plaza de San Ildefonso, en el centro de Madrid, y con un kilo y medio de tomates colgando del hombro en una bolsa, una sensación de leve inestabilidad llevó al reportero a apoyarse y tomar asiento sobre unas vigas que anunciaban alguna obra pública. El lugar estaba ya ocupado por tres indigentes que daban buena cuenta de sus yonkilatas de cerveza.

El intruso, que ya reconoció los síntomas de un mareo inusual en su cabeza, pidió ayuda a un viandante, que no pudo evitar el comentario despectivo dirigido a ninguna parte: —¡Está bueno este! A lo que uno de los genuinos ocupantes de la calle no pudo tampoco evitar responder:

—Este no es de los nuestros. Está de verdad mareado.

El comentario tuvo una gran eficacia porque el camarero de una terraza allí instalada se interesó por la víctima y le ayudó a sentarse a una mesa. Para entonces, los daños del presunto mareo iban creciendo de una manera muy apreciable. Ya no solo no podía controlar la estabilidad, sino que la pierna y el brazo derechos no obedecían sus órdenes. Había que tomar medidas serias.

El camarero, mientras, vuelto a su mentalidad mercantil, le colocó al reportero una inútil coca-cola que —anunció— costaba 2,50 euros.

No era muy difícil llegar a un diagnóstico desolador. Lo que le pasaba al periodista era que tenía un ataque cerebral, y eso se denomina ictus. Llamó por teléfono a su hijo, que no necesitó mucho para convencerse de que tenía que acudir en ayuda de su padre.

Treinta minutos después, pagada ya la coca-cola, y claramente avanzado el ataque cerebral, el hijo llegó y acompañó al padre hasta la casa donde este guardaba los papeles sanitarios y personales que pensaba iba a necesitar.

La llamada al 112 fue de una profesionalidad encomiable.

—Mi padre tiene un ictus y hay que llevarle al hospital. —¿Cómo sabe usted que es un ictus? El joven dio un rápido repaso de los síntomas y se puso en marcha todo el mecanismo de rescate. Media hora después, la ambulancia de los servicios médicos paraba a la puerta de urgencias del hospital Clínico San Carlos.

—¿Está mareado? —le preguntó uno de los sanitarios al enfermo.

—No —respondió este justo antes de ponerse a vomitar como un surtidor.

Lo que siguió a esto fue un despliegue de eficiencia de un ballet formado por personajes uniformados de verde, de blanco o de camisetas de colorines, y que

acabó dando sus últimos pasos en torno a una camilla de cualquier instalación médica sin identificar.

Ya el reportero había perdido todo el control posible sobre su historia. Radiografías, análisis, tomas de muestras de todo tipo, temperatura, tensión y vaya usted a saber qué más cosas se sucedían mientras le cambiaban de una camilla a otra en torno a las que se arracimaba el personal que pretendía salvar su vida.

El hijo y la mujer de la víctima habían quedado atrás, fuera de este tráfago bien orquestado en el que no pintaban nada.

El reportero involuntario se sintió solo, pero tuvo un pequeño rasgo de humor privado:

—Creo que esto, efectivamente, va a ser un ictus.

De estos trajines debió brotar una primera decisión trascendente. La víctima quedó en manos de un médico solista que encargó una arteriografía y procedió, con los datos en la mano, a realizar una arriesgada (para el enfermo) maniobra. Tumbado el reportero sobre la camilla, el médico, con ayuda de algún instrumento, trató de ampliar el hueco por el que pasaba al cerebro el flujo sanguíneo para recuperar su actividad.

Las maniobras del radiólogo iban acompañadas de un fenomenal cortejo de imprecaciones, cagamentos y maldiciones prohibidas por la Iglesia, que denotaban el fracaso de los distintos intentos. Harto de procurar salvar la vida a alguien tan aparentemente remiso a permitirlo, el médico concluyó: —¡No hay nada que hacer! El paciente, que apenas tenía un hilo de voz, se atrevió a opinar:

—Doctor, creo que da usted demasiada información a sus clientes. No tranquiliza mucho.

No es seguro que el mensaje llegara a su destino. Un poco después, el médico le comunicó lo infructuoso de su intento a la familia, agitando entre sus ágiles dedos las llaves de su coche:

—Soy el doctor López Ibor, el que mejor hace eso, todo un experto en España. Pero no ha sido posible.

De modo que el único tratamiento viable para la obstrucción arterial ya detectada y calibrada (completa en una rama y al 80% en la otra) era mantener alta la tensión para dar un riego suficiente al cerebro.

La primera noche en la unidad de críticos de accidentes vasculares es cualquier cosa menos tranquila. Una vigilancia intensa que no impidió la visita de la mujer y el hijo del paciente. Sabían que su estado era crítico y veían con una cierta melancolía el anochecer en los montes de Guadarrama, de los que hay una privilegiada vista desde la cabecera de la cama.

El neurólogo se distingue siempre de los demás médicos porque llama la atención de su enfermo con chasquidos de los dedos que pretenden dirigir su mirada hacia distintos ángulos del espacio. Satisfecho ese extraño instinto, comentó que confiaba en una evolución más pacífica de la enfermedad.

Pero además de atardeceres privilegiados, la UCI vio algunas cosas nuevas: fiebre altísima, toses, desasosiego, vómitos. El enfermo tragó algo inconveniente hacia los pulmones y desarrolló una importante neumonía que ponía su vida, una vez más, en peligro. Eso solo se podía tratar con dosis largas de UCI llenas de antibióticos y otros fármacos.

El neurólogo informó a la familia de que se desistiría definitivamente de maniobras sobre la arteria afectada y se optaría por la solución conservadora: que el propio organismo se ocupara de mantener el flujo sanguíneo. La respiración era la prioridad. La complicación que suponía la neumonía obligaba a hacer una traqueotomía, o sea, un corte limpio por encima de la tráquea para garantizar que el aire llegara a los pulmones.

El enfermo, al despertar de un sueño de 30 horas, supo de esa agresión con arma blanca. Casi al tiempo, su familia le leía los periódicos y se enteró del asesinato de dos norteamericanos degollados por militantes islámicos.

La paranoia no es algo extraño en los enfermos internados en una UCI, mucho menos si están sometidos a tratamientos con tranquilizantes, analgésicos o somníferos, de los que sobran en cualquier hospital.

La coincidencia entre la degollina en Oriente y la propia no le pareció casual al reportero.

En ese momento confluían en su pensamiento, y en la realidad que se había ido fabricando dentro de la UCI, muchos elementos que habrían podido con alguien menos bragado. El reto soberanista de Artur Mas, que le había implicado como informador, y los problemas con el Estado Islámico se volvieron personales ayudados por las drogas. Viajó en plena noche a Nicosia, e intentó fugarse de un cuartel de la inteligencia israelí, con un resultado frustrante. Tan frustrante que en la UCI del hospital Clínico, donde estaba, le pusieron vigilancia extra para que no volviera a tirarse de la cama y arrastrarse con una sola mano hacia la puerta de salida, esquivando a los centinelas armados con subfusiles Uzi.

El orden público español se vio favorecido por su frustrada denuncia de la infiltración de un comando de Estat Català para dar un golpe de Estado. Nadie le tomó, afortunadamente, en serio.

No así su agitada vida de denuncia ciudadana. Un celador cuyo nombre ya no recordará nunca nuestro héroe cometió la tropelía de amenazarle con castigo si no obedecía sus órdenes. El reportero, sabedor de sus derechos, le cantó las cuarenta y le dijo que como ciudadano de una democracia no podía tolerar coacciones de parte de un funcionario público.

La vida en la UCI no transcurría, por tanto, plácida. Sin moverse de su angosto lecho, sin alejarse de los eficientes y amables profesionales que le atendían, el reportero tenía una actividad casi frenética.

La familia y algunos amigos contribuían a mantener con vida al protagonista. En una de las muchas ocasiones en las que tuvo que enfrentarse a la elección entre dejarse llevar al otro lado o quedarse en este, resolvió el dilema optando por la vida gracias a que sus próximos le animaron a ello.

En realidad, la decisión no era muy fácil, porque morir resultaba muy sencillo y no daba ningún miedo. Vivir, en cambio, era trabajoso, exigía un esfuerzo moral y, sobre todo, de humor. La salida de las sábanas declarándose una víctima del terrorismo nacionalista le permitió alcanzar alguna notoriedad en la sala, donde las horas del día y de la noche se confundían. Nunca nadie sabía qué hora era. Pero todos sabían que aquel tipo, que surgía de la ropa de cama con el puño levantado para reclamar mano dura contra los combatientes xenófobos, era tan solo una víctima más del síndrome de la UCI.

Nadie en todos los días de la UCI, que fueron unas tres semanas, mostró la menor piedad por el sufrimiento del periodista, que fue privado desde el principio de comida y bebida en su estado natural. El reportero se desgañitaba, pese a no tener ni un hilo de voz, reclamando una caridad:

—Por favor, ¿me podría traer alguien un gin-tonic doble y cargado de hielo, y si no, un vaso de agua al menos?

No había respuesta, salvo alguna que otra risita extemporánea.

Los días siguieron pasando en esta penuria y delirio, hasta que llegó la primera de las amnistías. Un neurólogo rodeado de neurólogos le hizo la prueba de los dedos chascados, y sentenció: —Vas a pasar a planta. Una nueva vida comenzaba para el enfermo de ictus, que ya había asumido que esa era su condición.

El balance de daños era parecido al que hace un perito de una casa de seguros cuando se enfrenta a un siniestro total.

Visión afectada de modo que no hay coordinación en el movimiento de los dos ojos. O sea, el enfermo ve doble.

Deglución deficiente. El enfermo no puede tomar líquidos ni sólidos por boca, solo por una sonda nasogástrica que se convierte en el testigo de su condición subhumana.

Inmovilidad casi absoluta de pierna y brazo derechos.

Deficiente práctica del lenguaje. Mala pronunciación y lentitud en el habla.

O sea, que lo que un rayo de naturaleza desconocida había destrozado en unos minutos se había convertido en cuatro enfermedades de largo aliento que era preciso combatir con una rehabilitación penosa y larga.

El reportero se enfrentaba ahora a un trabajo que se le hacía infinito. Cada destrozo en su cuerpo debía ser tratado por un equipo de enorme relevancia, capaz de avistar en un leve gesto muscular el germen de un futuro movimiento complejo.

Miles de españoles llegan cada año, cuando superan el trance posible de la muerte, a este momento de la rehabilitación. Los ejemplares sanitarios que les atienden usan una palabra que debería estar prohibida: “paciencia”. Con ella expresan también que hay que darse por satisfecho si se recupera un 90% de las capacidades anteriores al ictus.

Pero no queda otra. Porque enfrentarse a la inteligencia israelí exige muchas complicidades, y acabar con comandos xenófobos tampoco está al alcance de un reportero. Ni siquiera de un neurólogo.

La pierna y el brazo derechos siguen paralizados aunque no del todo (dice Mercedes).
Sigo sin poder andar más que en silla de cuatro ruedas.
Los ojos siguen sin estar sincronizados; veo doble.

Ya como mejor los purés.
En resumen, me estoy recuperando de puta madre.

En pausa

Quería informaos a todos de que la falta de actividad en este blog y en otras publicaciones es fruto de un contratiempo. El pasado 9 de septiembre sufrí un accidente vascular que me provocó un ictus, hecho que me hizo pasar por la UCI y que me mantiene ahora hospitalizado y en rehabilitación.

Debo deciros que estoy en fase de recuperación y mejorando día a día y paso a paso. Es un camino largo y estoy trabajando con empeño para recuperarme del todo y volver, entre otras cosas, a atender este blog.

Un saludo para todos y hasta pronto.

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